Sentido común frente a ideología
José María Martí Sánchez | Sección: Política, Sociedad
La ideología usa un esquema simplista, seductor y polarizado: bondad natural del hombre e infelicidad, por las circunstancias externas. Su mentor fue Rousseau y la capacidad de movilización le ha asegurado un porvenir en la vida. El esquema ideológico ha servido de base a las recientes revoluciones, desde la francesa de 1789, hasta la última, la cultural de Mayo del 68.
Su éxito se deriva del simplismo, que todo lo explica a partir de una idea. En cada momento se identifica a un responsable del mal y el sufrimiento: el oscurantismo contra la ciencia y el progreso (siglo XVIII-XIX); la opresión del proletariado (siglo XIX-XX); la represión, de los deseos, por la cultura burguesa, responsable última de someter a la mujer (siglo XX-XXI). El denominador común es el ímpetu emanciopacionista: romper cadenas y desatar compromisos. De ahí que estos planteamientos siempre chocan contra la ley natural, contra el orden creacional. Es decir, contra la condición creatural de la persona. Hoy, tal vez, se está organizando el asalto final para pulverizar este sustrato y este referente –divino y paternal– en la vida del hombre.
Como ha advertido el Prof. Cardia, en el futuro el conflicto con la religión, no revestirá la forma tradicional de choque institucional Estado-Iglesia. Ahora el envite es más profundo. Consiste en imponer, desde los sectores oficiales, un modelo de hombre (doctrina oficial) con carácter de monopolio. Frente a él no cabe ni la disidencia individual (objeción de conciencia) ni la colectiva de las confesiones religiosas. La libertad de religión es un flatus vocis y, según la intuición de Juan Pablo II, esto revela que se camina hacia el totalitarismo.
Aquél, en el ejercicio de su ministerio, pidió a los responsables de la vida social y pública respeto para los derechos de la religión y de la actividad de la Iglesia, no a título de privilegio. Se trata de pedir «el respeto de un derecho fundamental. El ejercicio de este derecho es una de las verificaciones, fundamentales del auténtico progreso del hombre en todo régimen, en toda sociedad, sistema o ambiente» (Redemptor hominis, n. 17 in fine).
El remedio que ofrece la ideología tiene otro atractivo. No supone ni ascesis ni asumir responsabilidades. Sus soluciones vienen de fuera y su legitimación, en virtud del consenso o de su procedencia de instituciones democráticas, justifica su aplicación inflexible. Por ello no retrocederá sea cual sea su costo (incluso de bajas humanas). ¿No funcionó este argumento en la negociación con ETA? La persona es impotente y la sociedad está corrompida, sólo el poder político tiene capacidad y virtud. A él le corresponde, pues, instaurar la «nueva tierra de promisión».
El poder político, nacional o internacional, ha impulsado la ideología. Lo ha hecho a través de diversos cauces. Destacan las leyes, los medios de comunicación social y sectores cultivados con responsabilidad en la cultura. La complicidad de las organizaciones oficiales con estos se plasma en la subvención, que se ha transmutado en instrumento de subversión del sistema de valores del pueblo.
El sentido común aliado del bien personal y general
Hoy la mentalidad ideológica es hegemónica. Lo peor es que se está apoderando del corazón del hombre, de su modo de relacionarse –a través de la condición sexuada– con los demás y con el mundo. Esto ha supuesto descomponer la realidad en categorías artificiales. Se ha encumbrado la «libertad sexual», como clave de la felicidad. Si ésta no se ha alcanzado es fundamentalmente por culpa de la familia y la religión. En consecuencia, el Estado se arroga la misión de rescatar la sexualidad espontánea y garantizar su disfrute, sin cortapisas. ¿No encajan aquí las campañas a favor del profiláctico, la universalización de los anticonceptivos, el escarnecimiento de toda moral en los medios de comunicación de titularidad pública? Para el cometido de implantar la «sexualidad salvaje» le sobran todos, a unos, con la educación sexual, les dirá cómo actuar, a otros, apartándolos, los neutralizará. Entre los «estorbos» están la familia y la religión.
Sin embargo, ¿es así la persona, la felicidad, la sexualidad, la familia o la religión? ¿El poder político ha colmado alguna aspiración genuina o, más bien, las ha frustrado y adulterado? Sus campañas propician una subjetivad incontenible en su voracidad e insolidaridad. Una subjetividad vacía que no se soporta a sí misma. Hoy la sexualidad es el opio del pueblo (Negro Pavón) con el que se tiene aletargada a una juventud sin ideales.
¿Qué nos dice al respecto el sentido común?
El sentido común, en las antípodas de la ideología, es quien puede desmontar sus prejuicios. Es la experiencia común del corazón de todo hombre. El sentido común nos adapta a la estructura del mundo que nos es común. Como la sabiduría, es una síntesis que capta el conjunto y el sentido de la realidad. Busca respetarla antes que manipularla.
En el sentido común nos hemos de inspirar para contestar a los interrogantes sobre la persona, la felicidad, la sexualidad, la familia o la religión. Es él quien resuena, y no el abstractismo, en el compromiso personal de los padres en el crecimiento de sus hijos. Mientras los legisladores aprueban textos de derechos que falsifican los hechos, los padres, apegados a la realidad, atienden a sus hijos en lo que demandan y les puede ayudar. Un ejemplo de lo primero, es el tratamiento que se da –en textos internacionales y constitucionales– a la libertad religiosa. Ésta se hace derivar de la opción individual, siendo así que, tanto en su conquista como en su canalización, lo determinante en la libertad religiosa son las instituciones.
Algo similar ocurre con los derechos de los niños (Declaración de 1959, Convención de 1989, Ley Orgánica 1/1996 de protección judicial del menor, etc.). En ellas se parte, de un dato natural: «Considerando que el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento» (Preámbulo de la Declaración de de los derechos del niño 1959). Pero luego, ¿en qué queda no sólo esa protección legal «anterior al nacimiento» sino la de su hábitat natural, la familia, que realmente lo protege? Efectivamente a ésta se la desplaza a un segundo plano.
Frente a este abstractismo ideológico, contrasta el realismo de la familia. Ésta, como la Iglesia, se fija en el «hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre “abstracto” sino real, del hombre, “concreto” “histórico”. Se trata de “cada” hombre» (Redemptor hominis, n. 13 in fine). Precisamente por ello, a los padres debe corresponderles la educación de la afectividad. Desde dentro e integrando, para alcanzar en todo la plenitud de lo humano. Para ello, ¿qué mejor modelo que el matrimonio y la vida en familia? ¿O reemplazaremos, ventajosamente, este referente por el de los políticos, frecuentemente ignorantes, codiciosos y casi siempre irresponsables?
Saldremos de la crisis –que es mucho más que económica, aunque al Gobierno le interesa hablar sólo de ésta y mal– cuando empecemos a apostar por la familia.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Análisis Digital, www.analisisdigital.com




