Boquita de punto
Augusto Merino M. | Sección: Familia, Sociedad
Hay en la mujer una delicadeza que le es connatural. Algo sentimental y nostálgico. La nostalgia es un sentimiento delicado, y tiene que ver con el tiempo pasado.
Según algunos psicólogos, la diferencia entre un hombre y una mujer no está constituída sólo por las exterioridades fáciles de captar por el mirón más o menos perspicaz, sino también por ciertas especiales características del cerebro femenino. Por ejemplo, la mujer no se ubica en el espacio tan bien como el hombre, dicen. Y aún cuando uno tiene derecho a dudar de esto, se siente tentado a aceptarlo cuando ve a una mujer manejando un auto: o va por la mitad de la calle, entorpeciendo las dos pistas, o no se sabe si va a doblar para allá o para acá. En cambio, sigue la teoría, ella se ubicará mucho mejor en el tiempo, y no se le pasará aniversario de matrimonio, sabrá con exactitud lo que pasó hace quince años, y recordará las diabluras de cada una de sus guaguas veinticinco años después. Averigüe cuántos hombres son capaces de estas gracias.
Hay, pues, razones más o menos científicas para sostener que la mujer es por naturaleza más delicada que el hombre. Y por eso resulta especialmente chocante oír hablar a ciertas féminas. Pareciera que han entrado en competencia con el tipo más burdo de macho sobre quién usa más groserías, o sobre quién es capaz de hablar con más desparpajo sobre las partes pudendas del cuerpo, o quién cuenta los chistes más rojos.
No era esto así hace 20 o 25 años. Y no es cuestión de que estemos “senesciendo”, para decirlo eufónicamente; no es cosa de que ya estemos entre los que dicen “todo tiempo pasado fue mejor”. No. Es algo objetivo. No recordamos que, en nuestra juventud, las mujeres se fueran de boca tan impúdicamente como hoy. De repente se encontraba uno con alguna que soltaba un garabato más o menos simpático, y la cosa producía sorpresa y risa. Pero no se pasaba más allá.
Algo ocurrió, desde entonces, que hizo que el asunto cambiara. La mujer hoy recurre a las palabras con “hache” como si tal cosa. Los chistes más cochinos, los cuentos más soeces, las historias más escabrosas relatadas con lujo de detalle: todo ello surge de estas boquitas de punto entre bocanadas de humo de cigarro y de efluvios alcohólicos.
En siglos pasados, una mujer se sentía ofendida en su pudor y en su natural delicadeza si algún desubicado largaba en su presencia un despropósito. Hoy es ella la que se encarga de largarlo.
La cuestión no es indiferente. Revela un deterioro moral. “¡Ándate, mojigato exagerado! ¿Qué más da? ¡Deja que sean naturales y digan lo que quieran!”. ¿Naturales? ¡Pero si ése es el punto! Naturalmente la mujer es, como decíamos, más delicada. Lo que hace hoy no es ser natural, sino al revés: contrariar su naturaleza. Y cuando uno piensa que la madre es mujer, advertirá con preocupación que sus hijos crecerán en medio de una confusión de estilos y de roles. Cosa nada buena; siempre la claridad es preferible. Las costumbres se deterioran de a poco, por descuido de los detalles, no por grandes y súbitos cambios. Ahí está la cosa.




