Aborto y derechos humanos

Max Silva Abbott | Sección: Política, Vida

09-foto-1-autorEn diversos ámbitos internacionales, se está realizando una persistente campaña para imponer el aborto a nivel mundial, considerándolo un “derecho humano” fundamental.

Situaciones como ésta resultan bastante explicables en la medida en que se desatiendan los fundamentos últimos de las cosas (en este caso, el de los derechos humanos), y además, cuando desprovistos de sus auténticas raíces, se pretende utilizarlos para todo tipo de fines (ideológicos, políticos, económicos, etc.), que poco o nada tienen que ver con su genuino sentido.

En efecto, cualquiera que se adentre en la génesis de estos derechos, puede percibir que su fundamento es el reconocimiento –no la invención– de la igualdad esencial de la especie humana. Este dato evidente trae como consecuencia necesaria que todos merecemos un mínimo de respeto, fruto de nuestra igual dignidad. O si se prefiere, que existen tratos desiguales que son injustos que deben ser evitados por el Derecho, y llegado el caso, sancionados como corresponde.

Ahora, también parece evidente que el primer y más fundamental derecho humano es el derecho a la vida, puesto que de él dependen todos los restantes. Mas la primera pregunta que surge es: ¿referido a la vida de todos o sólo a la de algunos?

La respuesta lógica es que todos, cualquiera sea nuestra edad, sexo, estirpe o condición, no sólo merecemos, sino que exigimos el respeto de nuestra vida, en atención a nuestra común pertenencia a la especie “homo sapiens”.

La segunda pregunta es: ¿desde cuándo? En realidad, forzoso es reconocer que desde la concepción, pues como cualquier ser vivo, comenzamos a existir cuando nuestra información genética está completa; todo lo demás es un simple desarrollo de lo que ya se encuentra en nosotros, al punto que si no está ahí desde ese primer momento, no se desarrollará jamás.

Debe insistirse en que todo lo anterior es algo que debe ser reconocido. O si se prefiere, que los verdaderos derechos humanos no pueden depender de lo que otros consideren o estimen oportuno; sería contradecir su sentido y razón de ser. Por eso los derechos humanos, en particular el derecho a la vida, deben tener un fundamento “fuerte”, que no dependa de los intereses, caprichos o conveniencias de otros, pues en este caso, dejarían de ser auténticos “derechos”, para transformarse en una concesión graciosa de los poderosos hacia los débiles, pero únicamente mientras les convenga hacerlo.

De esta manera, la situación en la cual se encuentre un ser humano resulta indiferente para ser titular del derecho a la vida. De ahí que lo posean y exijan por igual el no nacido, el niño, el adulto, el anciano, el sano o el enfermo. Por eso, considerar al aborto como un “derecho humano” es una absoluta contradicción.