Violación
P. Raúl Hasbún | Sección: Sociedad, Vida
El verbo “violar” implica infringir una ley o dejar sin cumplimiento un tratado o promesa. Penal y sexualmente, es el acceso carnal con una persona en contra de su voluntad o cuando se halla privada de sentido o discernimiento. También designa la profanación de un lugar sagrado. El delito y pecado de violación sexual comporta estos tres significados.
La Constitución asegura a todas las personas el derecho a la vida y a la integridad física y síquica. Las leyes morales y penales condenan toda agresión contra el ejercicio de la libertad y el derecho al respeto de la integridad en materia sexual. Y en la perspectiva bíblica, el cuerpo humano asume la dignidad de un templo consagrado a Dios y habitado por El. De ahí que invadir abusivamente esa zona de intimidad del ser en que se plasman los bienes del amor y de la generación de la vida, comporte la malicia específica de una profanación o sacrilegio.
El impacto sicológico de la violación sexual confirma la verdad y hondura de estos tres significados.
Duele y daña sentirse y recordarse forzado a entregar el propio cuerpo a otro, en orden a realizar los actos que precisamente caracterizan la libertad del amor y la esperanza de abrir camino a una nueva vida. Una relación sexual basada en la pura fuerza impositiva es una grosera mentira: obliga a los cuerpos a decir algo que no existe, algo que es totalmente contrario a lo que se siente y ocurre. Bajo estos parámetros, el violador se mancha y daña a sí mismo más que a su víctima. En rigor, la víctima nada ha perdido, sigue siendo un vaso reservado para quien ella quiera acoger dentro de sí, la crueldad de la violencia sufrida es la mejor prueba de que el depredador no pudo conseguir lo que quería, amar y ser amado, y debió contentarse con la perversa satisfacción de obtener por la fuerza lo que es incapaz de lograr por libre amor.
Tal como en el caso de los prisioneros privados de libertad por la iniquidad de la justicia o el rigor despótico del tirano, lo que la irracionalidad de otros hombres pueda hacer en el exterior del cuerpo no puede arrebatar el tesoro secreto que se guarda en el sagrario de la conciencia: yo soy libre, yo soy pura. Virginidad, castidad, pureza, integridad sexual están en mí y no en el desesperado intento del violador por fingir, simular o forzar lo que no existe.
Corolarios prácticos :
1) “Cúidate a ti mismo, cuídense mutuamente”.
2) “Cuiden, autoridades, a los ciudadanos, sean efectivamente garantes de su libertad e integridad”.
3) ”Enseñen, familia, colegio, hospitales, a deshacerse, en las primeras horas, de los gérmenes intrusos, antes de que se forme una nueva vida”. Y
4) “Aprendan, de una buena vez, autoridades y candidatos, a respetar los fallos inapelables de los Tribunales, y no sigan usando a las farmacias como chiva expiatoria.”
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




