Antiguallas
Augusto Merino M. | Sección: Religión, Sociedad
Frecuentemente se encuentra uno con ese tipo de individuos de “espíritu fuerte” que mira con condescendencia las prácticas religiosas, y que dictamina que ellas no son sino reliquias de un pasado remoto, obscuro y, peor todavía, obscurantista.
“Cosas propias del hombre primitivo”. Como el primitivo ignoraba el porqué del relámpago y el trueno, los atribuyó a un dios airado, que era necesario apaciguar sacrificándole mamuts u otros bichos prehistóricos. Y como no tenía explicación científica alguna para las sequías y demás catástrofes naturales, imaginó que detrás de cada una de ellas había un ser misterioso, omnipotente y vengativo. En resumen, el primitivo vivía esclavo del miedo debido a su ignorancia. Y el miedo lo hizo religioso. Porque sería primitivo, pero no tonto: ignoraba qué había mas allá, de modo que por si las moscas… La superstición (expresión que deriva del latin “superstites”, seres superiores) fue la opción más lógica para el ignorante.
Con todo, a medida que la ciencia y la razón fueron explicando los misterios de la realidad física y de la vida humana, el miedo –y la religión, por consiguiente– fueron cediendo terreno. Cuando se descubrió lo que era la electricidad, ya no fue necesario imaginarse a una divinidad iracunda detrás del relámpago para explicarse este fenómeno natural.
Esta teoría del origen de la religión nos permite aclarar también cuál será su futuro. A medida que nuestro conocimiento científico aumente más y más, nuestros miedos perderán su causa, y nos daremos cuenta de lo absurdo de las supersticiones. La religión, esa antigualla, que no es más que superstición organizada, terminará por desaparecer.
Esta forma de pensar es, ella misma, bastante antigua. Casi una antigualla, podríamos decir: en el siglo XVIII este modo de pensar hizo furor entre los “ilustrados”, y en el siglo XIX conoció un triunfo casi universal entre los científicos, ejemplo de los cuales es Augusto Comte, uno de los fundadores de la sociología.
Pero, como dicen los viejos, para verdades, el tiempo. El siglo que recién terminó, en que los descubrimientos científicos superaron tan largamente las cotas alcanzadas en los dos siglos anteriores, debería haber sido un siglo libre de temores y, por lo tanto, de supersticiones y de religión.
La observación de la realidad no confirma esta candorosa expectativa. Pocas veces han existido en la historia humana más consultas psiquiátricas, más psicólogos, más píldoras ansiolíticas, más píldoras para dormir, más traumas. Parece que los temores y miedos, lejos de disiparse, aumentan, se hacen más profundos y más inexplicables. En psicología Mr. Skinner trató de explicarnos “científicamente” todo lo que nos pasaba interiormente, pero su ciencia no disipó los miedos. Herr Freud se propuso lo mismo, pero los psicoanálisis que recomienda como remedio acaban primero con el capital de los pacientes que con sus temores. Si somos sinceros, tendremos que aceptar que no se ha inventado todavía un buen ataque a la religión desde este ángulo.




