La falacia de la teoría de la evolución biológica

José Antonio Valdivia Fuenzalida | Sección: Religión, Sociedad

Muchas veces las intenciones superan a la razón humana, pudiéndola hacer persistir en el error por períodos excesivamente prolongados. A raíz del bicentenario natal de Darwin y de los ciento cincuenta años que el 2009 se cumplen de su teoría de la evolución, últimamente se han publicado muchos artículos destinados a enaltecer esta teoría que pretende dar una explicación del origen de las especies sin necesidad de Dios.

Gracias a ella –nos dicen– se dejaron de lado para siempre las explicaciones religiosas para dar razón del universo. Por ejemplo, en la revista Sábado de El Mercurio del 7 de febrero de este año, Daniel Samper Pizano dice: “Los estudios y planteamientos darwinianos marcaron un giro radical a la ciencia y el conocimiento. Ellos demostraron que la doctrina de la creación de los seres humanos y de la naturaleza por Dios era una bella fábula, pero que, en verdad, cuanto existe en el planeta es fruto de la evolución y la supervivencia de las especies con mayor capacidad para adaptarse al medio.” Sin embargo, a pesar de todo lo que se pueda decir, lo esencial de la teoría de la evolución nunca ha sido probado. ¿Por qué, entonces, ha sido aceptada durante todos estos años con tanto fervor por las comunidades científicas? El motivo es muy simple: la intención decidida de muchos científicos e intelectuales de deshacerse de Dios. Por lo tanto, su gran perdurabilidad no radica en la firmeza de sus fundamentos, sino que solo en la voluntad de quienes creen en ella. Y digo “creen” porque, en definitiva, lo que ella plantea es una fe.

Ahora bien, ¿qué es eso que la teoría de la evolución nunca ha probado y por qué? Para responder a esta pregunta, primero conviene explicar esta teoría en sus aspectos más esenciales. En primer lugar, hay que decir que, según ella, toda la diversidad de las especies, su fisonomía y propiedades, son el fruto de un prolongado proceso gradual de pequeños cambios que se habrían producido a partir de una o más formas primitivas. De acuerdo a esto, habría un proceso de constante cambio y devenir en todos los seres del universo. En principio, este sería muy lento y el estado actual de las especies sería el resultado de millones de años de pequeños cambios. Esta evolución carecería de cualquier tipo de finalidad intrínseca, por lo que todo lo que son las especies tendría como única causa el azar. Por supuesto, estas afirmaciones se fundamentan en una serie de observaciones empíricas, como lo es por ejemplo el hecho de que es posible ver cómo en hábitat diferentes una misma especie presenta ciertas diferencias nacidas de la adaptación al medio, lo que haría pensar que las dos vienen de una forma común. No obstante, ¿cómo se explica este proceso? En un comienzo, lo que Darwin planteó fue básicamente lo siguiente:

1. Todas las especies biológicas se reproducen de forma excesiva, por lo que su número supera al de los que podrían vivir en una determinada población.

2. Esto último produce que estos individuos tengan que luchar por su existencia, sobreviviendo solo los más aptos.

3. Es sabido que, dentro de una misma especie, es posible encontrar algunas variaciones en los individuos que la componen. Por ejemplo, algunos son más grandes y otros son más rápidos y ágiles. En principio, algunas de estas variaciones favorecerían a algunos de ellos en la lucha por su existencia. Así pues, en un ambiente repleto de depredadores, es evidente que los más rápidos tendrían más posibilidades de sobrevivir.

4. Finalmente, a causa de lo anterior, por un asunto de probabilidades, en las generaciones posteriores van quedando las diferencias más aptas para sobrevivir y las menos aptas se van eliminando. En efecto, puesto que los individuos más aptos van siendo cada vez más, es más probable que las cruzas se hagan entre ellos. Así, “las especies y sus subdivisiones, las razas y las poblaciones, se modificarán gradualmente en la dirección de las variaciones más ventajosas” (Danko Brncic, Fundamentos de la teoría de la evolución biológica, Editorial Universitaria, 1979, p. 36).

A todo esto se le llamó “selección natural”. Hay que destacar que cuando esta teoría fue presentada en 1858 (dándose a conocer los resultados de la investigación de Darwin y Wallace, quien de forma independiente había llegado a las mismas conclusiones), todavía Mendel no había hecho su gran descubrimiento que abrió paso al desarrollo de la genética. En cierto modo, la ignorancia sobre ese tema ponía ciertos límites a la teoría de la selección natural, ya que no se podía dar razón de la manera en que eran heredadas las nuevas formas que supuestamente iban cambiando la fisonomía de las especies. Cuando en 1900 se redescubrieron las conclusiones de Mendel, al principio parecieron contradecir la teoría de la evolución. Sin embargo, esto no tardó en cambiar, ya que terminaron dándole una base todavía más sólida al mecanismo de la selección natural. A esto último se le ha llamado “síntesis moderna”.

Después de esta breve exposición, y teniendo en cuenta que a lo largo de ciento cincuenta años ha habido descubrimientos que han hecho cada vez más coherente esta teoría, da la impresión de que no le falta nada por probar. No obstante, si nos fijamos bien, veremos que en ella se esconde una gran falacia. Hay solo un hecho que está lo suficientemente probado. Al menos, como no soy biólogo, no me encuentro en condiciones de refutarlo. Y este hecho es que las especies, a lo largo de los siglos, pueden tener muchos cambios y evolucionar. Así, por ejemplo, es posible que nos encontremos con que el antepasado de lo que actualmente conocemos como caballo sea mucho más grande, peludo, fuerte y rápido que el actual. No obstante, esto es sustancialmente diferente de la afirmación de que todas las especies actuales son el resultado de un proceso evolutivo cuyo origen es una o muy pocas formas originarias. En otras palabras, lo que nunca se ha probado empíricamente es que unas especies puedan convertirse en otras. Podremos estar completamente seguros de que las actuales características accidentales de las especies son ahora muy diferentes de lo que eran hace miles de millones de años, pero no hay absolutamente ninguna evidencia empírica respecto de que a partir de una especie haya surgido otra esencialmente diferente. Así, tiene mucho sentido –y es perfectamente coherente con el actual estado de la teoría de la evolución– que las distintas clases de elefantes tengan como antepasado al mamut. Pero no por esto tenemos el derecho de inferir que los perros vengan de las lagartijas, que el hombre venga del mono y que todas las especies vengan de una ameba. A pesar de eso, son estas las conclusiones que la mayoría de los evolucionistas más aprecian, ya que creen que con ellas han desterrado a Dios de la ciencia. Algunos podrán decir que como los cambios se van dando a lo largo de miles de millones de año, lo que al principio eran variaciones accidentales al final terminaron constituyendo a seres esencialmente diversas. Pero esto sigue siendo muy distinto al hecho de que dentro de una misma especie se produzcan solo cambios accidentales. Una cosa no se sigue de la otra. En consecuencia, para hacer una inferencia de esa naturaleza sin caer en el terreno de lo incierto, tenemos que probarlo empíricamente, lo cual todavía no se hace.

La teoría de la evolución, por lo tanto, aunque tenga fundamentos muy sólidos para probar que las especies cambian, nada nos dice con certeza sobre la posibilidad de que unas especies se transformen en otras. Así, ideas tales como que el hombre tiene como antepasado más directo al mono, no debemos entenderlas más que como meras leyendas científicas. Más aún, metafísicamente hablando, hay razones suficientes –que no trataré ahora por no ser mi objetivo– que nos permiten pensar con total certidumbre que nunca serán probadas empíricamente.