¿Existe el amor sin compromiso? ¿Es lo mismo sentir que amar?

Álvaro Ferrer D. | Sección: Familia, Sociedad

Resulta complejo hablar de amor. Es que pocas palabras han sido tan manipuladas y tergiversadas al punto de ser privadas de su significado propio. Hoy se piensa que el amor es lo que la subjetividad estima como tal, o la moda impone como cierto, o la tradición reclama como correcto. Intentaremos definir qué es el amor y cuáles son sus propiedades esenciales, con el ánimo de contribuir a resolver equívocos que, influyendo en la forma de pensar, tarde o temprano determinan la forma de actuar.

En primer lugar, sostenemos que amar significa aprobar. Sea cual sea el objeto amado, el amante lo aprueba cuando afirma que lo ama. ¿Y qué es lo que aprueba? Nada menos que su existencia: piénsese lo absurdo que resulta afirmar que quien ama a alguien o algo afirma de ello sus atributos accidentales –su forma, peso, color, ubicación, etc.-, pero no su existencia. Contradice la experiencia y el consenso universal; no hay quien ame sin aprobar como mínimo, y como presupuesto básico, la existencia del objeto o persona amada.

Avanzando un poco, podemos darnos cuenta que esta aprobación no es tan común como la que a diario realizamos, por ejemplo, respecto de la existencia de nuestros bienes materiales. Es cierto que aprobamos la existencia de aquello que nos resulta útil y nos permite realizar nuestras actividades en forma eficiente. Pero nadie predica amor de tales bienes. El sujeto primario de esta predicación es siempre una persona, un otro. Al amar aprobamos la existencia de otra persona.

Pero si bien es cierto que podemos aprobar la existencia de cada individuo del género humano, y por tanto es razonable hablar de un auténtico amor por los semejantes –conocidos y desconocidos-, a nadie extraña que la forma más elemental y radical de la predicación amorosa –el acto por el cual aprobamos la existencia de un otro- es de corte individual, exclusiva y excluyente: se ama a otra persona de manera especial, única, superior, por sobre las demás.

Aquí es donde el amor comienza a comprenderse en su verdadero sentido y proyección: al amar se aprueba alegremente la existencia de un otro, no cualquiera, sino de ese otro predilecto que, para mí, representa la intuición de un bien que me atrae e invita a alcanzarlo y compartirlo.

Es que ese otro es amado en cuanto representa un bien, un verdadero bien: no se reduce este acto al reconocimiento teórico del bien que representa el amado, “lo bueno que es”. Junto a ello, y en confirmación del mismo dato, al amar se intuye que con ese otro se alcanzará un bien superior, el bien de la comunión con el amado. De ahí que en todo amor sea natural la tendencia o aspiración a estar con ese otro, a compartir ese bien.

Nadie puede razonablemente sostener que el amor no busca unirse con el amado; tal amor sería incompleto, imperfecto, tal vez una antesala del verdadero que, por su misma esencia, tiende hacia el otro con una fuerza unitiva que se rebela frente a la idea de que la comunión esté sujeta a plazos o condiciones. Quien ama verdaderamente quiere estar y compartir con el otro sin límite en el tiempo; de ahí no cabe hablar de auténtico amor sin compromiso: sin la voluntaria aceptación de perseverar en la comunión amorosa. Quien niega esto afirma tácitamente que la aspiración a unirse con el amado es esporádica, pero la aprobación de la existencia del otro no es compatible con divisiones, márgenes o límites: no es lógico amar y aprobar “partes” de la existencia del otro, como tampoco aprobar el todo pero por un plazo determinado. La verdadera aprobación amorosa es tan extensa como la existencia del amado.

Finalmente, diremos que el bien que representa la comunión con el amado no se limita a estar y compartir comprometidamente el uno con el otro. Si así fuera, podríamos llamar auténtico amor a la convivencia que se sirve o vale del otro para un bien personal; aquella que usa al otro como medio. Antes bien, el amor verdadero busca siempre la perfección o mayor bien del amado. Y no se limita a declararlo o pretenderlo: lo procura. Quien ama de verdad no trepida en realizar acciones que en los hechos, y no solo en el discurso, procuran al amado aquellos bienes que lo perfeccionan, que lo hacen mejor, que lo acercan a la felicidad.

Y dado que el bien de la comunión amorosa es para ambos, el mayor bien de uno redunda siempre en un mayor bien para el otro: a mayor perfección de uno, mayor perfección de ambos. De aquí entonces que el verdadero amor no se equipare a los sentimientos: estos movimientos sensibles pueden acompañar al amor, pero no son su causa. Si el amor de verdad procura al otro su mayor bien, será la voluntad comprometida, la que elige hacer feliz al otro y persevera en esta empresa, la que auténticamente constituye la causa eficiente del amor.

Concluyendo, y en palabras del gran san Francisco de Sales: “el amor es el acto en el que la voluntad se identifica y reúne con la alegría y el bienestar del otro”. No es posible identificarse y reunirse verdaderamente con la alegría y bienestar del otro sin compromiso auténtico que permita al amor manifestarse como voluntad y actos –no mero sentimiento- que procuran al otro su mayor bien, su Felicidad.

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