Actualidad del padre Hurtado

Alejandro San Francisco | Sección: Historia, Religión, Sociedad

El Padre Alberto Hurtado (1901-1952) es recordado especialmente cada mes de agosto, que en su nombre se ha bautizado como el Mes de la Solidaridad. Fue una de las figuras más importantes del siglo XX chileno, con una labor fructífera en diversas áreas, por lo que restringir su aporte a un aspecto específico termina limitando un conocimiento más completo de su personalidad y trascendencia, en la cual destacan algunos elementos centrales de su predicación y acción.

El primero es su vocación sacerdotal y la importancia que asignaba a esa importante labor. En “¿Es Chile un país católico?” (Splendor, 1941), un libro fundamental y de permanente actualidad, señalaba expresamente: “Un sacerdote santo trabaja más que diez tibios y produce frutos más abundantes que todos ellos. El problema sacerdotal encierra, pues, un problema de santidad en primer lugar; de correspondencia a la gracia; de abnegación, de formación seria y profunda en las disciplinas sagradas y en los conocimientos humanos“. Luego se necesitan “operarios en número suficiente“. Años antes se había referido al mismo tema en “La crisis sacerdotal en Chile” (Splendor, 1936) enfatizando en “la falta de un catolicismo integral” en el país, lamentando “la falta de sacerdotes, de santos sacerdotes“.

Un segundo aspecto es el dolor frente a la miseria y su lucha por servir a los pobres. En 1941 se refirió ampliamente a las que consideraba “las miserias de nuestro pueblo“: el analfabetismo, la falta de educación familiar, la mala constitución de la familia, la mortalidad infantil, el problema económico del pueblo y el de la vivienda obrera, el alcoholismo, la amargura del pueblo y el alejamiento de la Iglesia. La publicación reciente de “Lo dijo el padre Hurtado” (El Mercurio, editado por Samuel Fernández y M. Ester Roblero) abunda en artículos y textos de amor y dolor por Chile. Así clamaba el sacerdote: “Es una vergüenza cómo vivimos; cinco mil vagos arrastran sus harapos, trescientos mil tuberculosos” (1946); “¡Qué horrible y deprimente es una visita a la cárcel! Al salir de ella dan ganas de gritar: ¡si no pueden hacer más por ellos, suéltenlos entonces!” (1949). Un visitante extranjero llegó a comentar: “un país que tolera esta miseria, no puede subsistir“. La fundación del Hogar de Cristo, precisamente, se dirigía a romper ese círculo vicioso y procurar regenerar a tiempo a quienes podrían perderse en el camino.

Creo que un tercer aspecto es la formación de jóvenes, quienes fueron parte central de su generosa tarea educativa y sacerdotal, en la Acción Católica, en la Universidad Católica, en sus retiros y apostolados. Los llamaba a tener grandes ideales, y a los universitarios los animaba a tener sentido social, responsabilidad en el estudio, sentido de escándalo -“el inconformismo perpetuo ante el mal“-, conservar el hambre y sed de justicia y un espíritu realizador. Con San Agustín gustaba repetir “seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores“, para agregar por su parte que el joven debía “vivir plenamente su juventud. A los que se quejan que los tiempos son malos, digámosles: formemos una buena juventud y los tiempos serán mejores. Los jóvenes son el tiempo” (1942).

Sabiendo que le correspondió vivir una época especial de la historia de la humanidad, mezclaba el análisis del momento con los deseos de cambio, la comprensión de la realidad con la decisión de contribuir a un mundo mejor. Frente al “siglo en que la materia triunfa, en que no hay más ley que el placer, el confort, el amasar dinero” (1947), era necesario ofrecer una vida con sentido sobrenatural, auténtico heroísmo y entrega generosa: “Y refiriéndome a Chile, nuestro momento nacional es único para que los cristianos muestren con las obras la hondura de su fe. Podemos aún salvar nuestra patria si creemos en ella“.

El Padre Hurtado fue muchas cosas durante su breve existencia: fue un joven soñador y un sacerdote feliz; fue rebelde y esperanzado; padeció el dolor y sirvió con generosidad; fue un héroe de su tiempo y contagió a muchos el amor a Cristo que lo movió a gastarse por completo día y noche; era un genuino patriota y vibraba con cada nuevo desafío. Si se preguntaba qué haría Cristo en mi lugar, no era por mera retórica, sino por la convicción de que esa identificación era el único camino que lo conduciría a la felicidad y a un mejor servicio a todos los hijos de Dios.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio.