Hechos dolorosos en la Iglesia Católica

Cardenal Jorge A. Medina Estévez | Sección: Religión, Sociedad

Escribo en medio de las muy ingratas noticias sobre hechos que afectan dolorosamente a la Iglesia Católica.

Lo primero que hay que tener presente, especialmente en las actuales circunstancias, es que si bien la Iglesia es santa, contiene en su seno a pecadores, como lo afirmó explícitamente el Concilio Vaticano II. Nuestra fe no se afirma o fundamenta en el rostro humano de la Iglesia, ni en sus deficiencias, sino en el Señor Jesús, nuestro Dios y único Salvador. Ya el Apóstol San Pablo decía que “los judíos exigen milagros, y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros anunciamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles (paganos)… un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 22-24). Es Él quien es nuestra peña y nuestra roca, y no los hombres que no solo en ocasiones claudican, sino que pueden no estar siempre a la altura de las circunstancias.

La fe no contradice a la razón, pero nos introduce en un mundo que supera con mucho nuestras experiencias y nuestros razonamientos.

La Biblia, mirada desde un punto de vista científico, es un hito admirable de sabiduría y de literatura humanas, pero vista con ojos de fe es la Palabra de Dios. La muerte de Jesús es, humanamente considerada, un crimen deleznable y una flagrante injusticia, pero vista a la luz de la fe es la obra cumbre de la salvación de la humanidad. Los sacramentos vistos con los solos criterios de la sociología religiosa son simples expresiones culturales, pero mirados a la luz de la fe, son vehículos de gracia, de salvación y de íntima unión con Dios. Es comprensible que personas que no tienen fe ignoren sus contenidos, pero no está de más invitarlas a respetar e incluso a esforzarse con benevolencia para comprender la perspectiva, muy diferente por cierto, de quienes profesamos la fe cristiana y católica.

Sería una gran muestra de ignorancia desconocer la luctuosa y deplorable historia de la iglesia romana en el siglo X, pero sería igualmente muy lamentable ignorar que han existido en el catolicismo figuras egregias como lo fueron, entre tantas otras, San Gregorio VII; San Luis IX, rey de Francia; San Fernando III, rey de Castilla y de León; San Francisco de Asís; Santa Catalina de Siena; Santa Teresa de Ávila; San Ignacio de Loyola; San Pedro Claver, San Damián de Veuster y Santa Teresa de Calcuta, así como los mártires de todos los siglos. Se puede pensar que ha habido laicos y pastores que no estuvieron siempre a la altura de los desafíos de los tiempos en que vivieron, pero sería muy injusto y ajeno a la verdad desconocer la obra y el legado de aquellos que supieron reconocer los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, según la feliz frase acuñada por el Concilio Vaticano II, y que no siempre, por desgracia, se cita integralmente. No sería honesto ignorar que ha habido y hay muchísimos cristianos, laicos, obispos, sacerdotes y diáconos que sirven generosa y lealmente la misión que Jesús confió a su Iglesia. Amplificar indiscriminadamente las deficiencias y conductas ciertamente reprobables y sacar conclusiones generalizadas de hechos, por desgracia verdaderos y graves, si bien puntuales, aunque hayan sido reiterados, sería dar muestras de una lamentable señal de poco amor a la verdad e incluso de superficialidad. Nadie puede negar que haya en la Iglesia diversos aspectos y estructuras que se pueden y deben mejorar. Acrecentar la fidelidad al Evangelio ha sido la meta que se han propuesto los papas, obispos, concilios y santos reformadores, con muy diversos matices, aunque no siempre con el mismo éxito. En esa línea se inscribe por cierto el actual Papa Francisco, con su personal estilo. Sin embargo, hay que tener presente que hay en la Iglesia elementos que ella no tiene autoridad para cambiar, porque le han sido confiados solamente a su fiel custodia, como son: el canon de las Sagradas Escrituras, los contenidos de la fe, los ritos esenciales de los sacramentos y la estructura sacramental del culto, del magisterio y de la conducción pastoral de la comunidad eclesial.

No sería acorde con el amor a la verdad negar la existencia de hechos graves y debidamente comprobados, que han tenido como autores a personas que desempeñaban ministerios eclesiásticos, pero sería dar muestras de una fe muy poco madura sacar de ahí la errónea conclusión de que la Iglesia haya perdido toda autoridad o credibilidad. No actuaron así los santos que vivieron en tiempos difíciles y que, no obstante, siguieron creyendo que la Iglesia, a pesar de las deficiencias de quienes somos sus miembros, es el instrumento querido por Dios y por el Señor Jesús para ayudarnos en el camino, con frecuencia fragoso, que conduce hacia la salvación, que es, en definitiva, la vida eterna en el Reino de los Cielos.

No está de más recordar, en toda circunstancia, que “todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28), verdad que la sabiduría popular tradujo en el refrán que “Dios escribe derecho sobre líneas torcidas“.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio.