De perdones y gracias

Jaime Antúnez Aldunate | Sección: Historia, Política, Sociedad

No se necesita haber sido amigo personal de Jaime Guzmán para saber que prestó diligente ayuda a cuantas personas apremiadas se lo solicitaron en aquellos convulsos tiempos que siguieron al 11 de septiembre de 1973.

No se necesita tampoco haber sido un íntimo suyo para saber cuánto lamentó las indeseables consecuencias de esos apremios y qué decisiva influencia tuvo, por ejemplo, en la remoción del general Contreras, jefe de la Dina.

Hasta el 1° de abril de 1991 –después de dos años de brillante labor legislativa en un Senado de cuya respetabilidad y nivel intelectual se perdió memoria (consulte cualquier encuesta)–, cuando Jaime Guzmán se transformó con 45 años en el primer senador asesinado de la historia de la República, por razones inherentes a los delicados equilibrios necesarios de cuidar, nadie entonces hablaba públicamente de perdones.

Desde luego, yo nunca oí a nadie, entonces ni ahora, pedir perdón por su asesinato, de incalculables consecuencias para la historia de la nación, como lo vemos cada vez con mayor claridad. Si en su fuero interno –veraz y hombre de fe como lo fue siempre– Jaime Guzmán pidió perdón a Dios por algo que consideró omisión suya, no lo sabemos.

Su alumno y discípulo, el profesor Gonzalo Rojas Sánchez, a quien conozco menos, pero de quien sé un buen cristiano, estoy muy seguro de que lamentará asimismo el sufrimiento que injustamente haya padecido cualquiera de los apremiados en esos conflictivos tiempos. No me parece justo cobrarle a él pedidos de perdón, pues siendo mucho más joven que su maestro tuvo nula responsabilidad en los hechos que implicarían dicho pedido.

Ahora, entre tanto, en su encomiable tarea de restituir los equilibrios históricos, le han salido inquisidores en el camino, paradójicamente entre quienes se autodeclaran “amigos” suyos, Orrego primero y Recabarren a la zaga.

No suelo seguir al detalle estas polémicas a través del diario, pero sí hay sesgos que a menudo me impresionan cuando las miro en sus líneas gruesas. De momento, en este caso por ejemplo, los contendientes parecen atrapados en la discusión relativa a ciertas comisiones que habrían tergiversado la historia de Chile de los años 70 (¿de cuáles se trata?; ¿de las encargadas por el Mineduc de elaborar programas educacionales?; ¿de las comisionadas por la Presidencia para ocuparse de violaciones a los derechos humanos?) y se esgrimen cifras de los desaparecidos consignadas por la Comisión Rettig (1.209) preguntándose si son o no son, y, si lo son, si acaso Rojas debe ponerse de rodillas y pedir perdón.

La acusación implica también, por cierto, al mismo Pinochet, cuya sinceridad se pone en duda por el perdón que expresó a sus compatriotas en el mensaje que escribió en el cautiverio de Londres y que llamó “Carta a los chilenos”.

Personalmente, creo en la sinceridad del Presidente Pinochet, quien siempre me pareció –como a tantas personas muy respetables que lo conocieron verdaderamente de cerca y fueron sus ministros– un hombre franco y sin odios, antes que todo un patriota, educado a la manera de los antiguos generales del Ejército chileno, duro, mas a la vez dispuesto a dejar su vida en la refriega por cualquiera de sus compatriotas. Una categoría humana casi incomprensible en esta era dominada por la cultura mediática y la posmoderna disolución de identidades.

Las recientes y tan sonadas declaraciones de don Patricio Aylwin al diario español “El País” y mucho más aún sus enfáticas palabras grabadas en 1973, tantas veces difundidas; asimismo, la incontrovertible carta de Frei Montalva a Mariano Rumor y la entrevista al diario ABC de Madrid de este ex Presidente de Chile, que hasta septiembre de 1973 encabezaba el Senado de la República, dan cuenta, no obstante, de otras dimensiones en materia de perdón y de agradecimientos.

Si la guerra civil de 1891 produjo actos de crueldad atroces y más de diez mil muertos, cualquiera sabe qué habría sucedido en Chile y ciertamente en todo el cono sur de Latinoamérica en el contexto de guerrilla armada organizada y activa de mediados de los 70, con el castrismo vigente, en plena y dura Guerra Fría.

Su evidente posible internacionalización debe causar hoy escalofríos a muchos políticos serios implicados entonces idealísticamente en el empeño guevarista de “hacer de América latina otros tantos Vietnam” (ecuación infalible: a mayor conciencia cultural en la izquierda, mayor utilitarismo pragmático en la derecha), lo cual, de haberse materializado, habría configurado la historia final del siglo XX de muy diferente manera.

Desde distintos ángulos de análisis podemos fundadamente sostener críticas al Presidente Pinochet, pero es injusto dudar de su sincero patriotismo y privarlo del merecido agradecimiento por habernos librado, no tan sólo de una guerra con Argentina, sino de una guerra civil de consecuencias imposibles de calcular, que probablemente habría hecho de los dos fenómenos una sola tragedia. El dolorosísimo costo humano que trajo consigo esa antes inimaginable emergencia, que puso a un país pequeño y geográficamente remoto como Chile, por mucho tiempo, en el centro mundial de la información, habrá sido siempre una espina grande para quien no buscó pero sí aceptó asumir la responsabilidad histórica que su cargo y la circunstancia le impusieron.

Frente a las precisiones meticulosas del profesor de ética y del profesor de economía, me inclino así, en el caso de esta interpelación, por la mayor profundidad de horizonte del profesor de historia.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.