Se apaga la luz sobre la Europa cristiana

Mauricio Riesco V. | Sección: Religión, Sociedad

En enero de 1492, el Emir de Granada, Muhammad XII (Boabdil), entregó las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos. Se retiraba vencido. Era el fin del dominio árabe en toda la Península Ibérica y parte de Francia, donde habían permanecido como dueños y señores. Ocho siglos costó expulsarlos.   

Y ahora, a poco más de 500 años de su salida, Europa los tiene de regreso. Han vuelto a sus antiguos dominios ya no por miles como cuando el año 711 desembarcó en Gibraltar Táriq Ibn Ziyad al mando de 9.000 hombres, sino por millones y ocupando no sólo Al-Ándalus sino al continente europeo completo prácticamente. Lo novedoso es que en esta segunda “invasión” no han necesitado empuñar sus aceradas cimitarras, porque se han valido de una mullida alfombra roja que despreocupadamente les tendieron sus irreflexivos anfitriones. Lo que no se ha visto esta vez, ni se verá tampoco, es el aporte cultural que al retirarse dejaron sus antepasados. A los descendientes sólo les interesa adueñarse de Europa para expandir la sumisión al islamismo, el radical, el fanático, el intolerante, y al costo que esto tenga. Tiempo atrás, un líder islamita le decía al arzobispo de Smirne, Monseñor Giuseppe Germano Bernardini: “Gracias a vuestras leyes democráticas, los invadiremos. Y gracias a nuestras leyes religiosas, los dominaremos”. El interés que los mueve es terminar con la cultura e identidad cristiana de Europa cercenando hasta sus mismas raíces… las que todavía subsisten a pesar de la indolencia de buena parte de sus propios habitantes. La guerra que le interesa dar al islam es para convertir el continente europeo en un gran Emirato. Y como salvoconducto sus seguidores llevan la ciudadanía que les han otorgado los distintos países que los cobijan; el santo y seña es “Allahu Akbar” (Alá es grande); y su arma favorita es el terror en todas sus formas. El Diario El País, España, publicó en marzo del 2017 una aterradora estadística: en 12 años (2004 al 2016), la Yihad o “guerra santa” como ellos la llaman, causó -sólo en los 28 países de la Unión Europea- 603 muertos y 3.058 heridos en atentados terroristas; es decir, 25 inocentes al mes. Los atacantes obedecen al Corán que señala (3:85) “Si alguien desea una religión distinta al islam no le será aceptada…” (Nótese que está escrito en modo imperativo).

El islamismo crece con las inmigraciones descontroladas de árabes mientras la cristiandad se debilita por su descomposición moral. Y si aún no ha ocurrido, no faltará tanto para que en Europa el Corán se imprima más que el Catecismo. Se cierran o venden cientos de iglesias católicas y se construyen miles de mezquitas. En Holanda, por ejemplo, casi 250 se han dado en préstamo o vendido para mezquitas. En Alemania, a su vez, la Iglesia Luterana ha cerrado 340 templos y la Católica ha enajenado 515, según informaba tiempo atrás el Wall Street Journal titulando un artículo “Iglesias vacías en Europa salen a la venta“.

Según el estudio Conflicts over Mosques in Europe editado por Network of European Foundations, existe una mezquita por cada 1.890 musulmanes que viven en Europa. Y el rector de la Gran Mezquita de París, Dalil Boubakeur, declaraba recientemente que para satisfacer la creciente demanda, la cantidad total de mezquitas en Francia deberá duplicarse hasta llegar a cuatro mil (en el Reino Unido ya hay 3.000). Es que deben resolver, incluso, los problemas de tránsito provocados por los miles de musulmanes que rezan en las calles. Cada viernes los fieles las obstruyen porque no caben en sus respectivas mezquitas para la oración. Algunas han comenzado a transmitir sermones y cantos de “Allahu Akbar” en avenidas y bulevares.

Dicen los analistas de Pew Research Center (PRC), entidad norteamericana que ha analizado el crecimiento de la población musulmana en Europa, que Francia se está convirtiendo en el primer país musulmán de Europa. Tres años atrás, había 5,7 millones de árabes, en torno al 8,8 % de la población, con una media de 27 años de edad cuando la de los franceses es de 43 años. Según PRC, en las próximas tres décadas la población musulmana en Francia podría crecer hasta un 17,4%. La tasa de natalidad de las musulmanas en Francia es de 2,9 niños, la más alta de Europa, mientras la de mujeres no musulmanas apenas llega a 1,6 niños. “Los franceses no se despertarán hasta que Notre Dame se convierta en una mezquita”, vaticinaba años atrás el escritor franco-rumano Emil Cioran.   

Un trabajo de PRC indica que ya en 2016 los islamitas, sólo en los países que integran la Unión Europea, sumaban 26 millones, y las proyecciones al 2030 son de 58 millones, y para el 2050 se estima que haya una cantidad superior a los 75 millones de árabes en esos países. Y siguen llegando desde Pakistán, Somalia, Siria, Afganistán, Nigeria, Egipto, Marruecos, Irak, etc.

Lo que comúnmente se daba antes en los movimientos migratorios, era que los que llegaban se fundían con los que los recibían; no los atacaban, buscaban adaptarse al nuevo lugar donde vivirían. Ahora, sin embargo, la mayoría de los inmigrantes árabes son reticentes a aceptar el tipo de vida y las costumbres de los países europeos adonde llegan y, peor aún, no pocos son partidarios e incluso colaboran con los movimientos musulmanes terroristas. Muchos ya tienen hijos y nietos ciudadanos de los países que los recibieron, y potencian sus tradiciones al punto que hoy en Inglaterra existen 132 tribunales que cuidan de la estricta aplicación entre ellos de la sharia (derecho islámico), y hay más de 50 consejos musulmanes que velan por mantener sus códigos de conducta islamita, entidades todas ellas vinculadas o controladas por grupos tan radicales como el Islamic Forum of Europe. En Londres hay barrios como Newham y Tower Hamlets, donde incluso los nombres de las calles están escritos en árabe.

Otro dato: los 4 millones de musulmanes que viven en el Reino Unido (6,3 % de la población), ya han conseguido participar activamente en la vida política y poner alcaldes en nueve municipios, incluido el del mismísimo Londres. En efecto, Sadiq Khan es el primer musulmán practicante al frente de una capital europea. Ahí están, también, las alcaldías de Birmingham, Leeds, Blackburn, Sheffield, Oxford, Lawton, Oldam y Rokdal… por el momento. Todo ello es parte de la alfombra roja, ese mullido puente que candorosamente tendieron los países europeos a sus nuevos inquilinos.

Un antecedente más: la mezquita más grande de Europa está ¡en Roma! Con una capacidad para más de 12.000 fieles y en un terreno más grande que el que ocupa la propia Basílica de San Pedro y su entorno. Son tres hectáreas, regalo del municipio de Roma en 1974 (la alfombra roja, de nuevo). En la ceremonia para colocar la primera piedra al inicio de su construcción, estuvo presente el entonces Presidente italiano Sandro Pertini, y a la inauguración, tiempo después, también asistió el Presidente de aquellos días, Luigi Scalfaro.   

Un asunto del mayor interés aunque no tan divulgado salvo por medios católicos como InfoVaticana, Catholic Herald, InfoCatólica y otros pocos más, fue lo que reveló Monseñor Mauro Longhi, un antiguo confidente de san Juan Pablo II, durante una conferencia que dio en octubre de 2017 en la Ermita de los Santos Pedro y Pablo, en Bienno, Italia. Él reveló que en marzo del año 1993 el Santo Padre había tenido una visión inquietante sobre el futuro de Europa. “El Papa me dijo: ‘Díselo a aquellos a quienes vas a encontrar en la Iglesia del tercer milenio. Veo a la Iglesia afligida por una plaga mortal, se llama islamismo. Herida más profunda, más dolorosa que las de este milenio’, refiriéndose al comunismo y al totalitarismo Nazi. ‘Ellos invadirán Europa. Europa será como un sótano, viejas reliquias, sombras, telarañas. Ustedes, la Iglesia del tercer milenio, deben contener la invasión. No con los ejércitos, los ejércitos no serán suficientes, sino con su fe, viviéndola con integridad’ (…)”.

Y ante el progresivo cumplimiento de la visión de aquel santo, hoy ya resulta evidente que se apaga la luz sobre la Europa cristiana. Padece de una dramática asfixia cultural y religiosa. ¿Y quién podría asegurar que esa nueva sepa que invade a Europa no germine, también, en otros lados del mundo occidental? Un viejo refrán castellano manifestaba: “Cuando la barba de tu vecino vieres pelar, echa la tuya a remojar”.

Dice la leyenda que Boabdil lloró al salir derrotado de Granada, mientras su madre le reprochaba: “No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Así también, no me extrañaría que cuando salga llorando de Europa el último líder que quede por allá, alguien le dirá al oído ese día “…cavamos nuestra propia tumba. Se terminó de apagar la luz sobre la cuna del cristianismo en Occidente”.