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Cuentos sin lobo

Me escribe un profesor de universidad amigo mío, uno de por ahí que ustedes no conocen. Da clases a los futuros maestros de Primaria y cuenta que, como su asignatura versa sobre la literatura infantil, suele pedir la invención de un cuento cada año. Poca cosa sale porque hay tanto miedo a decir algo inconveniente, que acaban por no decir nada en absoluto. Vean.

Hace un par de años le entregaron quince historias. El argumento más trepidante trataba de dos hermanas que iban al campo. Allí descubrían que alguien había dejado envoltorios de plástico, mondas de manzana, colillas… Tras endiñar un discurso, las hermanas se remangaron y fueron recogiendo la basura y clasificándola según el contenedor que les correspondía. Las margaritas inclinaron su corola en forma de agradecimiento.

Para sacudir su imaginación, al año siguiente añadió un requisito. “Escribid un cuento que tenga un componente fantástico”, un duende, una poción, una bruja, lo que sea. Esperaba que así produjeran historias con más sustancia. Fue peor. El día de la entrega le cayó un aguacero de monstruos que no eran monstruosos, princesas fontaneras y príncipes indolentes. Hubo hasta un dragón que no echaba fuego porque, en realidad, era un “algo” encerrado en el cuerpo de un dragón, sólo que la sociedad lo había encasillado insensiblemente por tener zarpas, escamas, cuernos y dos gigantescas alas de murciélago.

Aunque es un poco el signo de los tiempos, apostaría a que en sus alumnos ha influido algo más, un componente activo. Cargados de buenas intenciones –de las que Dios nos libre–, le habrán salido al paso varios pedagogos como el Lobo salió al paso de Caperucita. ¿Adónde vas criatura? A estudiar Magisterio. ¿Con qué intención? Enseñar, supongo. Pues ven, le exhortarán, que te voy a explicar un par de cosas. Algo indescriptible ha de pasar fuera de plano porque regresan utilizando una jerga oscura pero con una vocación clara: castrar la realidad y desgrasar a los niños. Y si escriben un cuento, parece un cuento lobotomizado, donde no hay más villano que la sociedad en su conjunto o un ciudadano anónimo que ha dejado basura en el bosque. ¿Dónde están los reyes injustos, las madrastras, las brujas, los cobardes, las bestias, las afrentas?

Con este clima, a mi pobre amigo le impugnan las clases. Trabajan con los Tres cerditos y los futuros maestros aducen que el final, tal y como se ha contado hasta ahora, no es constructivo –y da miedo pensar en lo que creen que es su deber construir–. En lugar de achicharrase, añaden, sería mejor que el Lobo entrara en razón y viviera con los cerdos en diversidad y armonía en la casa de ladrillo. Y que ese mismo Lobo, escarmentado por lo sucedido en el cuento anterior, esperara a Caperucita para invitarle a un té e iluminarle los prejuicios que pesan sobre su especie.

Naturalmente, mi amigo está agotado y teme por la desnatada educación que espera a los niños. Sin embargo, me confiesa, le queda un último consuelo: el colegio sólo ocupa las mañanas y en vacaciones el niño ni siquiera lo pisa. Puede que entonces, trasteando por casa en pleno agosto, en el recoveco de algún mueble, tope con un libro donde aparece un Lobo diferente al del cole, uno que, tras engullir la carne magra y apergaminada de la abuela, sienta aún la punzada del hambre.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Debate, www.eldebate.es