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Halloween: cristianismo, cristianos y contradicciones

Se acerca una nueva versión de la desgraciadamente popular fiesta de Halloween, hoy por hoy, tan masificada que bien puede competir de igual a igual con las grandes festividades que nos identifican: Año Nuevo -mundana-, Fiestas Patrias -solemne- y Navidad -sagrada-.  Basta ver cómo muchas personas se preparan para esta cuestionable festividad; el comercio es el mejor ejemplo.  La publicidad y la oferta de bienes y servicios son tan intensas y variadas como las existentes en las otras festividades recién mencionadas.  Cabe preguntarse cuáles son las implicancias de este fenómeno.

Halloween, también conocido como “Noche de Brujas”, tiene un origen religioso, por ello, en primera instancia, se debe abordar desde una perspectiva religiosa.  Deriva de los antiguos cultos célticos realizados al final de las cosechas y comienzo del invierno.  Los celtas realizaban la fiesta de su año nuevo, el Samhain, que representaba la muerte del Sol.  No tenía nada de extraño, hacia el 300 a. C., este tipo de prácticas era habitual.  La muerte, especialmente trágica, era una figura omnipresente.  Los celtas creían que sus dioses serían benévolos con esta festividad como ofrenda, la que incluía sacrificios humanos y de animales.  Comenzaba el invierno, sinónimo de muerte y sufrimiento; plantas, animales y seres humanos estaban más vulnerables que nunca.  El miedo hacía lógico la adoración extrema a sus dioses, los que no tenían el lado misericordioso presente en el cristianismo.  Las condiciones de vida eran durísimas, por ello, los pueblos de esos tiempos concebían la divinidad como algo castigador e inmisericorde.  Los seres malévolos y benévolos convivían por igual en sus creencias religiosas.

Hasta aquí no hay nada extraño, pues, se trataría de una simple y curiosa reminiscencia de tiempos lejanos, pero no es así.  Los grupos ocultistas y satanistas aprovechan esta “efeméride” para realizar rituales, que pueden llegar a incluir sacrificios humanos.  Si los padres cristianos tuvieran alguna idea de lo que realmente es Halloween, ni siquiera mencionarían esa palabra frente a sus hijos, ya que todo lo que conlleva es muerte y miedo”, sostiene Doreen Irving, quien fuera considerada la “Reina de las Brujas Negras” en Inglaterra y la más importante en Europa Occidental, pero luego se convertiría al cristianismo.  Todo esto se puede constatar en los sitios web de numerosos grupos ocultistas o afines.

La sana convivencia entre los vecinos es otra perspectiva desde la cual abordar esta festividad.  Esta fiesta es una fiesta infantil, y, si ya es demasiado relacionar a los niños con el ocultismo y el satanismo, es como mucho inculcarles malos modales y falta de respeto.  Se les enseña a chantajear con ese célebre “dulce o travesura”.  ¿Qué sucede si la persona en cuestión no participa de Halloween?  Simplemente recibe una “travesura”, es decir, no se respeta una opinión distinta.  El niño aprende que las reglas son las que él quiere, no el sentido común o el respeto.  Otro claro ejemplo de que las sociedades pluralistas bien se vuelven intolerantes cuando predican la tolerancia: vecino, esté “in”, o celebra Halloween o celebra Halloween.  Además, existe una dosis de venganza en esta práctica.  Tampoco es necesario preguntarse quién paga los daños de esas “travesuras”.  Nada muy cristiano.

Es importante mencionar de dónde proviene dicha costumbre: las familias que no aceptaban realizar ofrendas, p.e., un niño, se exponían a ser visitadas por los demonios y ser castigadas por éstos, según las creencias de los celtas.

También el consumismo rodea esta fiesta.  Como se trata de una moda, casi nadie quiere ser distinto, así que todos parten a comprar o arrendar algún elemento.  Nuevamente, los niños tienen la “oportunidad” de ser mal educados; piden y piden, muchas veces más de lo que sus padres pueden comprar, pero éstos se esfuerzan, llegando inclusive a endeudarse.  La austeridad es otra víctima.  Sería muy reconfortante ver ese mismo esfuerzo parental en comprar libros, implementos deportivos u otros que sirvan para actividades enriquecedoras.  El consumismo se empodera así en una sociedad que se supone de raíz cristiana.

La penetración de esta festividad ha sido tal, que en pequeñas localidades, verdaderos baluartes de nuestras tradiciones, también ésta se está celebrando, inclusive patrocinada por los respectivos municipios.  ¿Acaso no sería más beneficioso patrocinar festividades como nuestro Cuasimodo, único en el mundo?

Estos puntos de vista son suficientes para que Halloween sea considerado negativo.  No se trata de dárselas de santo o algo parecido, simplemente de seguir las creencias que se dice tener; de optar por una sana convivencia o inculcar valores como el respeto, la austeridad o la valoración de las tradiciones, rechazando el consumismo o cualquier otra práctica que socave la dignidad humana.

En días en que se recuerda a los difuntos, es más adecuado inculcarle a los niños el respeto, cariño y gratitud con nuestros ancestros, de quienes somos deudores.

También resulta conveniente reflexionar sobre cómo se vive la religiosidad.  Si alguien se define a sí mismo como cristiano, debería conmemorar el Día de Los Difuntos según dicta su fe.  Es bastante contradictorio mandar a los niños a pedir dulces so pena de una travesura y luego llevarlos a misa.  Muy desagradable resulta ver el frenesí comercial alusivo a Halloween que protagonizan consumidores, ejecutivos y empresarios, muchos de ellos declarados cristianos.  Inclusive hay colegios que participan de este espectáculo, aun siendo religiosos.

Una reflexión final: ¿por qué espantarse con la promulgación de ciertas leyes si hoy todo se banaliza, incluso la fe?