Después de La Haya

Benjamín Lagos | Sección: Política, Sociedad

Finalmente la Corte Internacional de Justicia (CIJ) habló. Tras la creatividad de sentencias anteriores -en virtud de una de las cuales nuestro país salió afectado-, ahora a la CIJ cupo el mérito de dictar un fallo histórico. El tribunal desestimó, punto por punto, la tesis boliviana de la “obligación de negociar” cuyo fin último era obtener de Chile un acceso con soberanía al Pacífico. Más allá de los efectos jurídicos del fallo, cabe analizar sus consecuencias políticas y sociales, muy diversas y de largo plazo.

La primera es que, siendo encomiable la transversalidad de la defensa chilena, reflejada en los dos Gobiernos que la encabezaron y en el equipo jurídico que la acometió, hubo sectores políticos que, lejos de celebrar, guardaron ominoso silencio. No es novedad que el Frente Amplio y el Partido Comunista se acogen a la consigna de la “Patria Grande” y la solidaridad latinoamericana, en oposición a Estados Unidos. Pero en orden a ello FA y PC adscriben al Foro de São Paulo, que respalda la demanda boliviana, secundándola sus líderes en distintas ocasiones. En tanto la concreción de aquel objetivo menoscabaría la integridad territorial de su propio país, es una posición contraria al interés nacional y una traición a la Patria. La Constitución, por de pronto, prevé herramientas para cesar en el cargo a los diputados y senadores que comprometan gravemente la seguridad de la Nación.

La segunda consecuencia, en una dimensión cultural: resulta curioso el llamamiento de cierta élite urbana progresista -y, por tanto, cosmopolita- a la “sobriedad“, instando a bajarle el perfil al fallo, como si la preservación del territorio de Chile no fuese motivo legítimo de júbilo. Vidas humanas costaron el norte que tenemos, y vidas humanas fueron amenazadas por la retórica agresiva y expansionista de Morales -un tirano que rehúsa dejar el poder tras rechazarlo su pueblo en referéndum-, que después del fallo todavía osa proclamar su intención de no acatarlo. La sentencia ha posibilitado la consolidación de la paz interior en una zona extrema del país que tanto lo necesitaba.

Por último, tranquiliza constatar la unidad espiritual de la nación chilena. El pueblo desde Visviri hasta la Antártica reaccionó con alborozo ante la noticia. Especialmente conmovedora fue la efusividad de los nortinos, si bien tan postergados en agendas y presupuestos por la metástasis que es Santiago, pero que se sienten firmemente chilenos, respirando ahora renovados aires de libertad que el vecino hostil les pretendía negar. Compatriotas de todas las latitudes recordaron a los soldados que ofrendaron su vida por Chile y vibraron con este triunfo y el horizonte de paz que afianza: he allí la percepción de historia y destino común, característica de toda nación. Chile, a pesar de todo, está vivo y es uno solo.