Disciplina

Padre Raúl Hasbún | Sección: Familia, Política, Religión, Sociedad

En 1949 ingresé al Instituto Nacional. Tenía 15 años y había perdido uno por gravísima enfermedad. Tras 6 hermosos años en el Colegio San Ignacio, sirviendo de acólito y comulgando en la Misa diaria de sacerdotes santos y sabios, entre ellos el P. Alberto Hurtado, pasé a formar parte de una comunidad educativa en que la mayoría de los profesores eran masones, ateos, librepensadores y más de alguno marxista. En lo que no había diferencia era en la excelencia académica (profesores que dejan huella indeleble), en el respeto mutuo entre docentes y discípulos y en la amistad sin fronteras entre los discípulos. De mi curso de 2do Medio éramos 2 cristianos: jamás un síntoma de rechazo, burla o discriminación, pese a nuestras evidentes divergencias en materias de fe y costumbres. En mi primer día de clases escuché con mudo estupor la descripción verbal y gestual que mi compañero de asiento, a quien acababa de conocer, me hizo de la relación sexual que había tenido la noche anterior. Como ignaciano fui miembro de la Congregación de San Luis Gonzaga, el casto santo de la pureza en el corazón y en la mirada.

Tan grata fue la acogida y consiguiente amistad con mis nuevos condiscípulos, y tan atractiva y motivadora la enseñanza de mis nuevos maestros, que al celebrarse el Día del Instituto su prefecto me encomendó pronunciar el discurso de alumnos, muy elogiado por el rector; y mis compañeros me eligieron como presidente del curso. En esa calidad me mandataron para dirigir una carta al rector, solicitándole se nos permitiera formar filas antes de cada clase, sin tener que sufrir el apremio de jóvenes inspectores que nos trataban como un rebaño indómito. Ahí cometí un error de adolescente. En lugar de “solicitar“, escribí “exigir“. Era una carta privada, que se entregó en las solas manos del rector. Al día siguiente me llamaron de Rectoría y me ordenaron volver a mi casa: estaba expulsado del Instituto Nacional. Mi padre apeló y un buen senador radical intercedió. Máxima concesión: “Termine el año en el curso paralelo (estábamos en octubre) y luego, fuera!“. Me admitieron en el Liceo de Aplicación, donde disfruté de la misma acogida y amistad sin barreras, y similar excelencia académica. Gracias a ella fui tercer puntaje nacional en el entonces “bachillerato“, hoy PSU.

68 años después leo: “Se busca facultar a rectores para expulsar a alumnos que rocían con bencina a funcionarios del instituto nacional o portan bombas molotov en liceo de aplicación“. Docentes y sostenedores se confiesan asustados e impotentes. Sin una ley no creen posible recuperar la elemental disciplina.

Pero la ley no suplirá lo que la familia no provee. La familia es el primer y principal Ministerio de Educación. Y no hay educación sin exigir disciplina y sancionar la indisciplina.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Diario Financiero.