Paradojas de la lectura

Pedro Gandolfo | Sección: Educación

Se señala, por algunos, que quienes se lamentan acerca de lo poco que se lee están equivocados porque nunca como ahora se lee tanto, ya que los textos han invadido nuestra vida cotidiana.

Los llorones de la lectura pertenecerían al pasado, a una época en que la lectura se asociaba exclusivamente a los libros y demás artefactos parecidos a los libros, como los diarios y revistas. Los lectores contemporáneos, en cambio, no leen libros, sino ingentes cantidades de wasaps, correos, fragmentos, notas mínimas, señales, formularios, instrucciones, canciones, subtítulos de películas, publicidad, opiniones sueltas que circulan por las redes sociales.

La lectura contemporánea se ha convertido, así, en un proceso vertiginoso, apresurado, galopando a caballo del ritmo de la comunicación y la información en una época marcada por la premura, la utilidad y la velocidad. Pueden leerse menos libros, puede que se esquive el bulto de los textos largos y complejos, pero la suma global de la lectura es mayor.

No vamos, se dice, a una sociedad sin lectura; al contrario, vamos a una con mayor lectura, pero de otra naturaleza que la lectura tradicional, que apenas podemos visualizar por completo, ligada fuertemente a la imagen y al sonido e, incluso, acompañada de transformaciones cognitivas a nivel neuronal que están dando origen a nuevas formas de conexiones de sentido. Es posible. Quizás la baja sostenida en la calidad de la lectura que confirman, por ejemplo, los últimos resultados del Simce, sea el reverso de un proceso en gestación cuyos alcances son imposibles de precisar.

¿Es, por lo mismo, una política a seguir reponer y fortalecer la centralidad del libro y, en particular, de la literatura y las humanidades en la formación escolar? Desde los 90, y quizás desde mucho antes, en los planes y programas de estudio de Chile, el espacio para el libro viene perdiendo terreno en favor, precisamente, de la lectura de “textos”. Las autoridades consignan los malos resultados, adelantan interpretaciones, pero las reacciones son débiles, como si se resignaran a una marea que los supera: el libro va en retirada, no podemos hacer nada. A veces parece que, por lo menos en los niveles más altos, el asunto no importara mucho porque en ellos mismos ya no se leen libros. ¿Cuál será la calidad de lectura, me pregunto, de ministros, parlamentarios, candidatos?

El tema no es menor y apunta al núcleo de la formación. En los libros yace la oportunidad de abrir al alumno hacia el mundo, liberarlo del encierro de su circunstancia, ponerlo en contacto con lo universal. El desafío es devolver el amor, el eros por la lectura de libro, después de décadas de tedio, desprecio, enseñanza rutinaria y pobreza de pasión.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.