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La muerte y la política

Hace pocos días, en una tertulia sobre educación y ante una pregunta sobre San José como modelo de educador cristiano, escuché una respuesta sorprendente por lo simple y profunda (dos cualidades que suelen ir de la mano, contra la pedantería moderna): San José es el modelo por excelencia del educador, porque educa a su Hijo adoptivo, Jesucristo, mirando siempre aquello para lo cual aquél Hijo ha venido al mundo: para morir en una cruz y de este modo liberar a los hombres del peso de sus pecados.

No se trataba de enseñarle una profesión, aunque sin duda le comunicó su oficio de carpintero; ni de guiarle en la adquisición de las virtudes naturales, aunque las poseyó, con la colaboración de sus padres, de modo perfectísimo; ni de mostrarle aquellas verdades que van constituyendo el saber humano, aunque ningún otro hombre ha sido más sabio que Jesús, el hijo de José y de María. Se trataba de servir, como padre y educador, a aquella misión redentora de su Hijo, que había de realizarse en la Cruz.

No es objeto de estas líneas adentrarnos en el misterio de la educación de aquél Hombre que es verdadero Dios, ni en el modo como participaban sus padres en aquél misterio. Pero una cosa es absolutamente cierta: San José nos enseña que educar no es preparar para la vida, sino para la Vida que se alcanza por la muerte. No hay que mirar tanto al bienestar de nuestros hijos; no se trata de evitarles el dolor; ni menos de buscar su comodidad. Aunque todas estas cosas pueden ser legítimas, no lo son por sí, sino sólo en la medida de su ordenación a aquél fin para el cual hemos venido al mundo: la vida eterna que alcanzaremos en la muerte si está ella unida, por la gracia, a la muerte de Cristo en la Cruz. Nada más, en la vida terrena, tiene sentido.

Un día después de aquella tertulia, Chile entero se conmovió por la tragedia de las nueve alumnas del Colegio Cumbres muertas en un dramático accidente de carretera. Parece difícil conciliar la muerte con la juventud, la alegría y la belleza de aquellas jóvenes. No habría sido sorprendente ante tamaña, aunque aparente, incongruencia, ver reacciones de rebeldía y desesperación. Pero la tragedia ha sido coronada por unos signos de una belleza espiritual pocas veces vista: lejos de la desesperación y la rebeldía, los padres, hermanos, familiares y el Colegio de las jóvenes accidentadas han dado ejemplo vivo de la enseñanza de San José: “educamos –hemos escuchado ya con reiteración– para la vida eterna, y es Dios el que decide el momento de la madurez para la misma”. No obstante la tristeza natural, se respiraba la paz que comunica la esperanza sobrenatural.

La enseñanza de San José, esculpida en el mármol de la tragedia de nueve familias y un Colegio, se extiende no sólo a la actividad de educar, sino también a la de la política. Aunque no son lo mismo, el oficio del político guarda grandes semejanzas con el del educador: los dos se realizan desde la sede de la autoridad; ambos miran al bien de otro; cada uno tiene por objeto, según un modo propio, el bien más perfecto del hombre, esto es, su felicidad.

Es aquí donde la analogía comienza a decaer, al menos en la práctica: ¿cuántos políticos miran las consecuencias de su actividad más allá de la muerte? No se trata aquí de su propia muerte. No cabe duda de que muchos deben tener presente el momento en el que tendrán que rendir cuentas ante el Supremo Juez (aunque sería bueno, quizá, que algunos meditaran en ello con más frecuencia). Se trata, más bien, de mirar su actividad más allá de los horizontes de la vida terrena de sus gobernados.

Uno de los grandes dramas de la vida política actual, incluso entre la mayoría de católicos que participan en ella (al menos en Chile), es el olvido radical de un principio esencial: la unidad del fin del hombre.

Si se entiende que el bien común político no es otra cosa que el mismo bien del hombre en cuanto éste es un ser de naturaleza social. Y si se entiende que el fin llamado “natural” del hombre no puede ser distinto del fin sobrenatural, esto es, de la vida eterna a la cual a sido llamado y para la cual ha sido creado (como ser social y político). Entonces no puede sino concluirse que la actividad política debe constituirse, en todas sus expresiones y desde sus cimientos más profundos, en la disposición de los medios naturales necesarios para la consecución de aquél fin sobrenatural.

No se sigue, de lo anterior, la negación de un ámbito propiamente temporal de la vida humana y social. Ni tampoco la confusión entre ese orden temporal y el orden sobrenatural y religioso. Ni menos la reducción del poder político al poder eclesiástico. Pero sí se sigue la afirmación de que el orden temporal, y con él el político, no se explican a sí mismos, sino que sólo alcanzan su pleno sentido en aquella perspectiva sobrenatural que nos permite entender que no hay ningún bien que tenga verdadero valor para el hombre si no se subordina al único Bien.

Permítaseme un ejemplo: muchos de nuestros políticos, gracias a Dios, se han jugado por la vida del que está por nacer. Todos ellos entienden que la vida corporal de cualquier hombre, por su dignidad personal, es un bien indisponible. ¿Cuántos, sin embargo, han sido concientes de que aquella acción política se ordena a evitar un mal aún mayor que la muerte física del hijo, como es la muerte espiritual del padre homicida? ¿Quién advierte que la injusticia radical del aborto, por comparación a otros homicidios, reside también en la negación del bautismo? ¿No son éstas, acaso, buenas razones por las cuales el político debe defender la vida del no nacido?

El ejemplo podrá parecer injusto, porque mira a aquellos que, de hecho, hacen el bien. Entiéndase que no se trata de juzgar unas acciones particulares, ni menos a los políticos que están detrás de ellas. Incluso, quizá, alguno tendrá presente estas razones en su intimidad, y será la incapacidad general para comprenderlas la que le impida expresarlas públicamente. Dios lo quiera.

No obstante, nos mueve la impresión de que en la generalidad de nuestros políticos, incluso en la mayoría de aquellos que son genuinamente católicos, se ha perdido de vista u olvidado estas verdades fundamentales. Gobiernan para esta vida, y se olvidan de la muerte.

Los padres y profesores de las nueve alumnas del colegio Cumbres pueden decir hoy, con paz, que las educaron para la vida eterna y que el momento –como todo lo demás– depende de Dios. ¿Pueden, nuestros políticos, decir ellos también que las gobernaron –a las mismas nueve jóvenes– para esa vida eterna?