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La ideología es más fuerte

La Presidenta de la República, autoproclamada adalid de la reconciliación, se comprometió a asistir a la inauguración del Memorial Jaime Guzmán; pero oyó los cantos de sirenas de sus compañeros de ruta y defeccionó. Su sentido común le decía que debía ir; pero la ideología la hizo desistir.

Un buen Jefe de Estado debe tener por causa final de todos sus actos el bien común. La legitimidad de ejercicio del poder que le ha sido entregado existe, en la medida que persiga el bien común, esto es, la creación de todos los medios para que todos y cada uno de los habitantes de la nación pueda desarrollar al máximo sus potencialidades, en comunidad.

Pues bien, la tónica de los gobiernos de la Concertación, ¿o debo decir de la Unidad Popular, en consideración a las recientes y no tan recientes alianzas electorales con el Partido Comunista?, ha sido su desinterés por el bien común y, por el contrario, la primacía de la ideología y del poder por el poder.

Bajo la presidencia de Aylwin, se crearon todas las condiciones para ceder unos pocos kilómetros a Argentina. Era más importante estrechar los lazos con los gobernantes de allende los Andes que conservar la soberanía.

Frei dejó pasar grandes oportunidades de ser reconocido por la historia por su labor en la reconciliación nacional, cuando no se empleó en la labor de repatriar rápidamente al Presidente Pinochet, preso en Londres por la orden internacional de detención del estrafalario juez Garzón, de reconocida militancia socialista.

Lagos predicó el odio de clases con un entusiasmo y una habilidad que nunca se había visto en la política chilena.

La actual Presidenta no pierde oportunidad para hablar de reconciliación; pero la praxis, una y otra vez, demuestra lo contrario.

Bajo Aylwin se creó la Comisión de Verdad y Reconciliación; y no sin razón muchos la conocen como de Mentira y Rencor.

La actual Presidenta ha ido a condecorar a una de las personas que más daño ha hecho a Chile, como es Edward Kennedy, quien impidió que Chile contara con el mínimo armamento disuasivo, en los momentos de una real amenaza de guerra con Argentina que, de no mediar el aporte de Brasil, nos habría encontrado desarmados. A Brasil no le conviene que Argentina se transforme en una potencia más grande de lo que ya es. Sólo hace poco se ha terminado de pagar el armamento que, de urgencia y carísimo, se debió comprar en Brasil, Israel y otros países, que aprovecharon que el mercado se había reducido, al no contarse con las armas norteamericanas. Perú y Bolivia aguardaban el desarrollo de la guerra para incorporarse también a ella. Nada de eso importa a los socialistas, porque para ellos conceptos tales como Nación, Patria y Soberanía carecen de sentido y de contenido. Mucho más importante es abrazarse con el socialista de otro país.

Bajo Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, dejaron escapar, no persiguieron y no repatrian a los asesinos de Jaime Guzmán. En cambio, permiten que asesinos confesos y desafiantes se presenten como candidatos a alcaldes y concejales. Es que sus crímenes de lesa humanidad, como el atentado contra los escoltas del Presidente Pinochet, prescriben. Los de los militares que nos salvaron de la guerra fraticida, no prescriben ni se pueden amnistiar.

Cercanos a la Presidenta piden “mar para Bolivia”, justo cuando ella invita a los Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica. Es que cómo le va a producir un desaire al compañero Morales o a Correa o a Chávez.

En definitiva, sólo dos nortes que terminan siendo uno solo mueven a estos concertados: la ideología y la lucha por conservar el poder, pegamento mágico que permite mantener unidos a quienes no parecen estarlo tanto. Cada vez son más grandes las grietas, especialmente cuando advierten que se les puede ir el poder. Pero piensan en que la mayoría de ellos no sabe ganarse la vida si no es a través de un sueldo estatal, y recapacitan, se reconcilian (sólo entre ellos) y se siguen soportando, para continuar asidos a la billetera fiscal.

¿Qué es la ideología? Antonio Gramsci la define, muy a su pesar, porque considera que es una degeneración del concepto, como un determinado “sistema de ideas”. Él lamenta este concepto despectivo de ideología y por eso, propugna uno nuevo, utilizando otra expresión para significar lo mismo: la filosofía de la praxis. Él critica a los propios marxistas por haber deteriorado el concepto de ideología.

Gonzalo Fernández de la Mora en su “Crepúsculo de las Ideologías” nos dice que las ideologías no son realidades materiales sino mentales, y pertenecen al orden del pensamiento. Es un conjunto de de conceptos, juicios y raciocinios, muy peculiar: una ideología no es un conocimiento teórico, sino práctico, que conduce a la ejecución de actos, a la adopción de decisiones, a la determinación de conductas, en suma un conjunto de recomendaciones o preceptos. Son normas políticas dirigidas a la ordenación de la convivencia terrena; pretensiones de fundamentar la cosa pública que desembocan en un programa de gobierno. Una ideología nace para uso de los estratos más modestos del género humano, concebido para los mercados suburbanos del pensamiento, la antecámara de la acción colectiva, la espuela de los movimientos sociales. Son ideas; pero efectistas, elementales y genéricas. El socialista que predica el igualitarismo no se detiene a explicar cómo van a superar las diferencias innatas que existen entre las personas; y el liberal que propugna el gobierno del pueblo por el pueblo no desciende a establecer la fórmula matemática que determinará la contabilización de los cuocientes electorales en el sufragio proporcional. Las ideologías son siempre fáciles, simples y publicitarias. Las ideologías, engendradas por los intelectuales, al popularizarse, adquieren el carácter de creencias; y son lugares comunes recibidos y aceptados, tópicos de los que el creyente no se hace cuestión. Las ideas se tienen; en las ideologías, se está; no se adhiere a ellas, sino que las personas se instalan en ellas. No son razonadas, sino afirmadas, vividas, sentidas y transmitidas: el socialismo es bueno, sin más; y todo lo que se opone a ello, es malo, sin más.

La consabida “dictadura” es mala, sin más; poco importa por qué se llegó a ella o si la dictadura del proletariado que se estaba instaurando en Chile era mucho más dictadura que aquélla.

La asunción de una ideología es fundamentalmente fáctica, volitiva y emocional. De ahí que su carga emotiva, su inercia social y sus valores útiles acaben anulando a los elementos discursivos. Una ideología establecida es lo más parecido a un mito.

Hay, además, una sacralización de las ideologías. Cristalizan en consignas dogmáticas y en hipótesis intangibles. O se está con ellas o contra ellas. Su abandono es apostasía, su reforma, desviacionismo herético (¿Qué habrían dicho si la Presidenta asistía?). Acaban condicionándolo todo. Son evangelios laicos y dogmas secularizados. Tienen profetas y mártires ¿Allende, Castro, el Che Guevara? La Declaración de Derechos de 1789 no ha sido para los demoliberales y el Manifiesto de 1848 para los socialistas algo menos sagrado que el Corán para los mahometanos.

No se trata de que las ideologías no sean ideas. Lo son; pero pragmáticas, políticas, vulgares, elementales, inconcretas, emocionales, dogmáticas y utópicas. Una ideología es una filosofía política popularizada, simplificada, generalizada, dramatizada, sacralizada y desrealizada. No son constitutiva y absolutamente falsas. Su grado de falacia y su punto de exageración dependen de su fidelidad a los sistemas filosóficos que les dan origen; y de la mayor o menor veracidad de éstos. Son razones caricaturizadas y corrompidas al cabo de un intenso proceso de lógica y psicológica extrapolación y, en definitiva, de masificación.

Pues bien, en estos márgenes es que se han movido y se mueven nuestros gobernantes, desde los finales de los ’60 hasta el ’73 del siglo pasado; y desde 1990 hasta ahora. No esperemos, entonces, preocupación por el Bien Común, sino sólo miradas para la galería, para medir el efecto en los votos y en las próximas candidaturas del craquelado bloque gobernante. Se han aprendido las lecciones de 160 años y de sus fieras dictaduras. Han memorizado lugares comunes, que les exudan a la primera conveniencia, los repiten y los aplican, partiendo de la base de que la masa no razona.

Esta lección debe aprenderse por la oposición, pues conociendo al contrincante se pueden prevenir sus acciones y omisiones; y debe tenerse en consideración para el evento de que llegue a ser gobierno, a fin de que se tenga claro que hay que gobernar a personas y no a masas; y en aras del Bien Común.