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Universidades y visión de país

Un sacerdote jesuita escribió en la revista Sábado, 3 de enero, una columna que ha suscitado múltiples comentarios. En el mismo día, dice, se desplazó, desde el “centro de la capital, donde se concentran varias universidades”, a otro plantel superior “cerca de la cota mil de la cordillera”.

Al hacerlo, sintió que “me había salido del país”. Pues las universidades del sector bajo de la ciudad eran teatro de “una verdadera batalla campal”, una “revuelta estudiantil… carros policiales que arrojaban agua y gases lacrimógenos… piedras… gritos… jóvenes corriendo en estampida”. ¿Y la universidad de la cota mil? “Anchas avenidas rodeadas de verde… grandes playas de estacionamiento… (Ni) jóvenes gritando, ni gas lacrimógeno, ni agua, ni carabineros. Sólo un silencio de cementerio… grupos dispersos de estudiantes que alegremente conversaban en unos cuidados jardines”.

El sacerdote se sintió “extranjero” allí arriba, por no encontrar la “efervescencia” vivida en el centro.

Esta pequeña aventura lo llevó a cuestionarse las “visión del país” que tendrán los profesionales salidos de la universidad cordillerana, y la “vida universitaria” que puedan haber llevado tras estudiar “en un colegio de la (misma) zona”, sin diferencia con la universidad. ¿Les bastará “mirar la ciudad desde lo alto y luego enterarse de lo sucedido en ella por las noticias”? ¿Será éste “el lugar más adecuado para que se forme un universitario”? Etc.

1. Aunque no se diga, al fondo de las palabras copiadas hallamos la antigua preocupación ignaciana por una enseñanza media y superior (sobre todo la segunda) vinculadas con la realidad social del país, con sus problemas —particularmente aquéllos de los compatriotas desposeídos—, y con el aporte y la responsabilidad del plantel superior, especialmente, en solucionar esos problemas.

Todo lo cual está muy bien y es (me parece) una exigencia primordial que debemos hacer a nuestra enseñanza de más alto nivel, pública y privada.

2. Pero esa exigencia se puede y debe cumplir en cualquier entorno, y ojalá ese entorno sea lo más acogedor y lo más armónico posible con el aprendizaje de la sabiduría —tomada la palabra en su sentido amplio— que es el objeto de la Universidad.

Mientras cumpla los objetivos señalados, ¿por qué ésta no ha de tener los mejores campus posibles… en belleza, comodidades, bibliotecas y laboratorios de punta, etc.? Hay que procurar que TODO plantel superior los tenga, y no criticar a aquel que con sus propios esfuerzos y recursos ya los ha conseguido. Es reduccionista, estímulo a una envidia y resentimiento inútiles y, peor aún, nocivos, querer que las universidades estén condenadas per secula a la estrechez, la mala ubicación, la ruina física, el feísmo, y a confundir la “espontaneidad” y la “libertad” con el desorden, el descuido, la suciedad, el desaseo… y menos todavía con la violencia y el destrozo.

Y el más peligroso de estos negativos lugares comunes, es el relativo al LUGAR DE UBICACION de un plantel de enseñanza. Que por instalarse aquí y allá éste pierda su espíritu es un prejuicio que debe combatirse. ¿Dirá alguien que es inferior, más débil, el espíritu ignaciano en el colegio jesuita de El Bosque que en el de Alonso Ovalle? Pues bien, cuando se trató de fundar el primero, hubo gran revuelo en la Compañía justamente porque el barrio escogido era la «cota mil» de esos años. Uno de los más duros opositores fue San Alberto Hurtado. Era el colegio proyectado, escribió al Padre General, “para los muy ricos”, para “la plutocracia sin ideal sobrenatural”, amante sólo del “confort y la diversión”. “¿Y ligaremos nuestra suerte a la suya?”. “Las familias numerosas, las verdaderas familias cristianas, tendrán que mandar a sus niños a otra parte por falta de dinero”.

¿Se equivocó en esto el santo? Por supuesto que sí. No vio lo que, a la verdad, es difícil ver: el permanente e irresistible empuje del sector más modesto de los chilenos, contra tantos y tan inmensos obstáculos, para que sus hijos reciban la mejor educación posible, EN TODO… lo que no se ve y lo que se ve.

3 De esta mirada prejuiciosa vienen muchas de las restantes afirmaciones del artículo que nos ocupa. Por ejemplo:

3.1. La “revuelta estudiantil” es (pareciera) lo sustantivo de la educación superior, la “visión del país” que deben tener sus alumnos, su “vida universitaria”, lo que la diferencia del colegio.

Es exactamente al revés.

Esa revuelta es muy antigua en Chile (pronto cumplirá un siglo). Siempre se ha inspirado en los mismos, venerables clisés y lugares comunes. “La universidad para todos”. La universidad “comprometida”, no “torre de marfil”. Desprecio por la universidad “profesionalizante”. Etc. Ni las revueltas estudiantiles ni sus manoseados estereotipos representan a las mayorías estudiantiles, no las consultan ni las toman en cuenta. No constituyen un movimiento democrático. Sólo una minoría de quienes participan son universitarios. Forman la inmensa mayoría de los “revoltosos”, sea alumnos de enseñanza media (cuando más), sea los muchachones sin oficio ni beneficio, destructores de bienes públicos y privados, que inmemorialmente acuden a cualquier ocasión callejera que les permita desahogar sus impulsos.

La revuelta de la que escapó el sacerdote jesuita para ascender a la «cota mil» no es ninguna “visión de país” propia de un estudiante superior, ni menos es “vida universitaria”.

La segunda, en un sentido verdadero y útil, consiste en llegar a la primera —a una concepción de lo que Chile es y debe ser—, preferentemente a través del estudio superior de la disciplina o profesión elegida, aplicada a nuestra realidad social. Y ello, en un ambiente de trabajo serio, profundo, sereno, de desapasionamiento, sin pasiones ideológicas ni personales… un ambiente de búsqueda de la VERDAD, que es el propiamente universitario. Ese ambiente puede darse en cualquier «cota», pero nunca entre “carros policiales que arrojan agua y gases lacrimógenos… piedras… gritos… jóvenes corriendo en estampida”. La revuelta juvenil no es «noticia» REAL para el país, sólo —fugazmente— para el choclón político y el noticiario de TV. Ser ajeno a ella no es una carencia del estudiante superior; al revés, permite el auténtico compromiso social.

3.2. Refuerza la conclusión anterior un hecho histórico: la perfecta inutilidad, por lo menos en Chile, de estas seudorrevoluciones de estudiantes.

¡Cuántos alzamientos contra la «torre de marfil» universitaria, desde la FECH de los años 20, hasta la pomposamente llamada «reforma universitaria» de l967/1970! Y ningún fruto.

El último alzamiento tuvo por suprema bandera el cogobierno estudiantil. Profesores, alumnos y administrativos eligiendo al rector, los decanos y los cuerpos colegiados de las universidades. Tres años de agitación sin límites alrededor del asunto. ¿Quién se acuerda hoy del cogobierno? ¿Quién lo defiende, salvo grupos marginales?

El único efecto invariable de las revueltas estudiantiles es empinar líderes que a través de ello abren una posterior carrera pública, a veces justificada por su capacidad personal, pero que se realiza en el mismo sistema político o en la misma universidad «torre de marfil» que tanto criticaron. Ejemplos: Eugenio González y Juan Gómez Millas, jóvenes socialistas y hasta ácratas de la FECH, los años ’20, y, como tales, ardientes críticos de la Universidad de Chile… pero que tres, cuatro décadas después serían sus rectores (muy buenos, desde luego) sin que ella hubiese experimentado ningún cambio sustancial. Para ser a su turno víctimas de una nueva revolución estudiantil, hija de la que habían avivado: la recién referida del cogobierno. Por rechazarlo, cayeron González de la rectoría y Gómez Millas del Ministerio de Educación.

Otro ejemplo; el de los «tomadores» de la Universidad Católica, en 1967. Más tarde, 1969, revolucionarios políticos del MAPU, desgajados de la Democracia Cristiana. Hoy en los más altos puestos de la diplomacia, de la administración pública… y de las universidades «torre de marfil», comprendidas ¡horror de horrores! las privadas, cuya creación permitió el régimen militar.

Y un último ejemplo, reciente: los dos líderes importantes de la traída y llevada «revolución pingüina», que concluyeron contratados por el Ministerio de Educación.

La vida universitaria, así, nada tiene que ver con las revueltas estudiantiles; éstas, al revés, la ahogan y desnaturalizan.

4 Escribiendo un artículo posterior (El Mercurio, 10 de enero), el articulista comentado ya no habla de la “revuelta estudiantil”; ni de los estudiantes que no participan de ella, sino que conversan “alegremente” en los “cuidados jardines” —donde no obstante reina un “silencio de cementerio”(?)— sin insultar ni tirar piedras, por lo cual no tendrían “vida universitaria”, etc. Ni siquiera se refiere a la cota mil…

Habla de cosas completamente distintas. De que las mismas universidades criticadas no entregarían a sus alumnos “diversidad”, ni “apertura de ideas”, ni “compromiso con los marginados y los desafíos propios de la realidad del país”. Pero no se fundamentan concretamente estos cargos. Ni siquiera los avala el articulista; son decires que recoge de algunos estudiantes de esos planteles que él conoce…
Resumiendo, otro prejuicio.

Tal como dice el articulista, hay sobre esto un “debate pendiente”. Pero, por favor, que sea sobre hechos fundados, no sobre impresiones volanderas: es decir, un debate serio.




(*) Publicado en La Segunda, 13 de enero, 2009.