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¿Basta con ser consecuentes?

Suele erigirse como un valor fundamental y absoluto el de ser consecuentes con nuestras ideas. En ello se fundamentan la gran mayoría de las críticas que se hacen en contra del Cristianismo. Más aún, muchas personas se han alejado de la Iglesia en razón de que todo el tiempo se encuentran con cristianos inconsecuentes, ya sean curas, laicos e incluso ellos mismos. Sin embargo, creo que en esto la mentalidad contemporánea cae en un error. La importancia de este valor nunca puede ser absoluta, sino que por definición es relativa. ¿Acaso basta con que una persona sea consecuente con sus ideas para poder decir con seguridad que es buena? Por supuesto que no. El criterio determinante a la hora de saber si una persona es buena o mala de ninguna manera puede ser ese. Es cierto que es una característica muy importante de toda persona bondadosa, pero no constituye lo esencial. La razón es muy simple: hay ideas buenas e ideas malas. Por lo tanto, si una persona es consecuente con ideas mediocres e inmorales no tiene ningún mérito.

Es evidente que existen algunas doctrinas morales más difíciles de cumplir que otras. Ser un buen hedonista es muchísimo más fácil que ser un buen cristiano. Ciertamente, cuando se considera un valor el disfrutar al máximo de la vida por medio de la satisfacción de los placeres carnales, ser consecuente es extremadamente sencillo. Basta con dejar que nuestros apetitos más vulgares sigan su curso natural sin ponerles ninguna atadura. En esta misma línea, la ética nietzscheana, que pone la soberbia y el amor a nosotros mismos como un gran valor, facilita enormemente la toma de decisiones, ya que justifica todo nuestro egoísmo frente a las protestas de la conciencia.

Conforme a lo anterior, si ser consecuentes fuera un valor absoluto, bastaría con que cada uno se inventara la moral que más le acomode. Así, por ejemplo, alguien podría inventarse una moral que le diera vía libre para dormir cuando quisiera y trabajar lo menos posible. De ser consecuente, no podríamos reprocharle nada. Más aún, habría que considerar su comportamiento como muy digno de elogio. Robar todo cuanto necesitáramos para vivir; andar desnudos por la calle; escupir a las mujeres de ojos verdes; meterse los dedos en la nariz; y todo, absolutamente todo cuanto podamos imaginarnos sería noble y bueno con solo tener como fundamento una doctrina moral.

Ahora bien, lo anterior no debe llevarnos a pensar que la dificultad de llevar a cabo una doctrina moral sea criterio de bondad. Por cierto, el asesinato, la violación, el genocidio no son acciones fáciles de realizar, sobre todo si es primera vez que las llevamos a cabo. No creo que nadie nazca tan profundamente malvado como para cometer por primera vez un asesinato con absoluta naturalidad y sin ningún tipo de remordimiento. Por otro lado, todas las buenas acciones son muy fáciles de realizar cuando nos hemos acostumbrado a ellas. Para quien tiene el hábito de decir siempre la verdad se le hace tremendamente difícil decir una mentira, aun cuando en ello le vaya perder su honor o su trabajo.

Se comprueba, entonces, que tampoco puede establecerse como criterio de bondad el ser consecuentes con una doctrina difícil de cumplir. Como muy bien decía C. S. Lewis, hay hombres mejores que sus principios. Podríamos contar miles de individuos que, a pesar de no creer en la existencia del bien y del mal, han llevado una vida moralmente ejemplar. Gracias a que sus padres les pusieron límites cuando pequeños, tienen enteramente controlados ciertos impulsos que los podrían llevar a cometer grandes ruindades. Ahora bien, como todos sabemos, en estos dos últimos siglos de la historia de la humanidad se han elaborado algunas de las ideologías más monstruosas jamás vistas. ¿Cuánto habríamos dado porque los que creían en ellas no hubiesen sido tan consecuentes? Si Lenin y Stalin hubiesen sido más inconsecuentes –si hubiesen sido mejores que su ideología– no habrían muerto en terribles condiciones más de cien millones de rusos. Si Mao Zedong no hubiese sido tan intransigente con el concepto marxista de la lucha de clases, jamás se hubiese perpetrado esa espantosa aberración contra la humanidad que fue la revolución cultural, evitándose la muerte de miles de personas y la pulverización de casi todo lo que quedaba de la maravillosa cultura del imperio chino. Nunca hubieran desaparecido tres cuartos de la población de Camboya si los buenos sentimientos de Pol Pot le hubiesen ganado la batalla a sus ideas. Alemania no tendría que cargar con la insoportable carga del holocausto, si Hitler no hubiese sido tan consecuente y firme en la aplicación del Nacional Socialismo.

De acuerdo a lo anterior, podemos concluir que solo son buenas aquellas personas que adecuan su comportamiento a los fines de la naturaleza humana, independientemente de que sean o no consecuentes con una doctrina moral. Es muchísima la gente que nunca se ha puesto a reflexionar sobre lo que es el bien y lo que es el mal, lo que no significa que no puedan ser consideradas buenas o malas. Del mismo modo, respecto de aquellas personas que sí tratan de regir su conducta a partir de alguna doctrina moral o religiosa, es evidente que son mejores las que lo hacen en conformidad con aquellas doctrinas que en mayor medida se adaptan a las verdades de la naturaleza humana. Incluso si no son absolutamente consecuentes con dichas doctrinas, eso es mucho mejor a que gobiernen sus actos desde ideas erróneas e inhumanas. En este sentido, es preferible, por ejemplo, un cristiano inconsecuente que un marxista consecuente. El primero está llamado a amar a Dios y al prójimo, el segundo debe estar dispuesto a asesinar a toda su familia si el partido lo considera conveniente. Asimismo, aún cuando nunca haya existido un cristiano enteramente consecuente con sus ideas, esto es mucho mejor a que haya miles de personas que sean consecuentes con ideas desquiciadas y pervertidas, como en su momento lo fue Hitler.

En definitiva, pienso que hacen muy mal aquellos católicos que reniegan de su religión por el simple hecho de que muchos de sus creyentes no practican lo que dicen. Aún cuando haya quienes de la manera más hipócrita cometan atrocidades en nombre de su fe, carece de sentido que nos alejemos de nuestra religión si esta en sí misma es buena y verdadera. La mejor actitud que podemos tomar frente a esas personas es la siguiente: si aun con sus creencias son mentirosas, envidiosas, murmuradoras, lascivas u holgazanas, ¿cómo serían sin ellas? Consiguientemente, puesto que solo puede conducirnos a un completo relativismo moral, debemos rechazar la concepción de que ser consecuentes con lo que pensamos equivale a ser buenas personas. En este sentido, no debemos tener miedo de seguir conduciéndonos desde los más nobles ideales, aun cuando sea muy difícil llevarlos a la práctica.