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La ausencia de creatividad en la vida universitaria

La pasividad es atractiva. Quedarse quietos, sentados, sin hacer nada o sólo lo mínimo es siempre más fácil, seductor. ¿Acaso no es hermoso ver la Capilla Sixtina? ¿Y no nos agobia pensar lo que sería pintarla nosotros, con nuestras manos, por cuatro años, sin ayuda? ¿Algún voluntario? Probablemente no haya nadie. Esa es nuestra sociedad en muchos aspectos, una cultura de la inercia o del botón, en donde nuestro único ejercicio es muchas veces sólo presionar una tecla. Nos sentamos, apretamos un botón y encendemos la televisión que nos consume horas, apretamos otro botón y mediante el teléfono pedimos pizzas, botón y chateamos, botón y en el fondo, y en la superficie también –como solía decir una amiga– nos convertimos en espectadores de la vida viendo como todo pasa, frente a nosotros, sin tocarnos.

Romper esa inercia cuesta, salir de la cama, apagar le televisión, tener ideas ­ como por ejemplo las miles que se muestran en www.ted.com ­ generar evidencia que las avale e impulsarlas hasta su concreción demanda una energía y voluntad inconmensurable. El que no seamos capaces de ello –y nos gane el zapping– es culpa nuestra, por cierto, pero una cuota de responsabilidad le corresponde a nuestro sistema educativo.

A modo de ejemplo –y consciente estoy de que los ejemplos suelen ser imperfectos– estoy a punto de titularme de médico. La carrera, sumamente tecnificada y larga, me permite de quererlo, en una de las dos mejores universidades de Chile, salir de ella sin hacer una tesis. Es decir, escuché el conocimiento de otros, creado por otros, inspirado en otros, y luego de un lustro y medio de estudios, puedo titularme con honores sin haber generado una sola gota de conocimiento nuevo, como si la medicina fuera un oficio, una técnica que nada tiene que ver con la búsqueda de la verdad, aquella que requiere hacerse preguntas y buscar respuestas.

Se puede argumentar, que con una tesis, los siete años de carrera serían ocho, lo cual parece intolerable. De acuerdo. ¿Y porque no sacar dos o tres meses de repetir cosas por un curso de tesis? ¿Será que en medicina, por un asunto de competencia por cupos de especialidad y curriculum, de todas formas se hace investigación? Pero, ¿qué pasa en otras carreras?

Conversando con un amigo, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile, constato desilusionado, que la tesis se ha convertido progresivamente en un apéndice, en un trámite, en un vestigio evolutivo minúsculo y despreciable, como si para la universidad, en cuanto entidad humana llamada a generar innovación y conocimiento, fueran más importantes las habilidades del alumno para repetir de memoria el código civil, que su capacidad para argumentar lógicamente a favor o en contra de una idea generada por él mismo.

Se dirá quizás que las tesis e investigar son tareas del postgrado. Terrible afirmación. ¿Querrá decir que la labor creativa del universitario sólo debe ejercerse luego de seis años de estudio? ¿Qué mientras tanto todo es memorizar y repetir? ¿Cómo llegaremos a ser generadores de ideas si no hemos sido formados en esa línea?

Por otra parte no se trata sólo de formar investigadores. Una tesis es un ejercicio de sistematicidad, de plantearse metas, hacerse preguntas. Buscar la verdad por uno mismo. Difícilmente pueden ser esas habilidades sólo necesarias en un doctorado. ¿Qué empresa no necesita gerentes con esas características?

Finalmente, creo no equivocarme al pensar que es este letargo en la generación de ideas, la falta de carácter y voluntad para implementarlas, el gran escollo que debe superar nuestro país, y sus universidades, con miras al mayor desarrollo económico y social.

Me quedo –para no desanimarme– con el lema de www.ted.com: “ideas worth spreading”. Gracias a Dios, al menos ellos, parecen tener ideas, muchas, y gente que las desarrolla. ¿Y nosotros y nuestras universidades cuándo? La imaginación al poder, ahora, ya, por favor.