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Derechos Humanos, Justicia y Prudencia Política en Chile actual

Se ha hablado y escrito mucho de los derechos humanos en Chile durante los últimos treinta años, dentro y fuera de nuestra patria. Casi siempre de forma unilateral, sesgada e injusta. El argumento central de la hábil campaña comunicacional orquestada desde la izquierda marxista se puede resumir fácilmente: las Fuerzas Armadas, golpistas y dictatoriales, quebraron el orden democrático y, haciéndose con el poder, persiguieron a sus detractores recurriendo a violaciones sistemáticas de la libertad y de la integridad física y psicológica de estos últimos. La historia real ha brillado por su ausencia: la de los verdaderos instigadores del odio y la violencia en Chile; la de la génesis del pronunciamiento militar –pedido a gritos por la amplia mayoría de la ciudadanía; la de los días, meses y años subsecuentes –frecuentes en amenazas y actos criminales terroristas. Contando con la ingenuidad, dejadez, comodidad, ineficacia y hasta interesada connivencia de quienes más deben al gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, que son muchos, ha primado en cambio la versión “oficial” de la siniestra: aquella que llora a las “víctimas” del terrorismo de Estado que habría oprimido brutalmente a miles de demócratas convencidos e idealistas, la más de las veces presentados a la opinión pública con rasgos biográficos cuasi angélicos.

El montaje en escena ha proseguido con una verdadera persecución a cientos o miles de miembros de las Fuerzas Armadas por sus presuntas actuaciones en actividades conculcadoras de los derechos humanos. En numerosos casos sin asidero alguno. En el Poder Judicial se han visto más arbitrariedades que las a priori imaginables. Entre otras, las leyes de amnistía han sido abiertamente desoídas y se ha recurrido a una flagrante falsedad, la figura de los secuestros permanentes, para mantener presas a personas sin pruebas que demuestren su culpabilidad. Son múltiples los casos en que más que hacer justicia se ha fraguado una inicua venganza política. La situación del Brigadier (r) Miguel Krassnoff, condenado a prisión de por vida por actos que no cometió, es un ejemplo concreto, entre la de otros tantos perseguidos (por algunos) y olvidados (por tantos otros).

Puestos a analizar la realidad de los hechos, es evidente que los derechos humanos válidos para ser respetados, defendidos y reparados han sido únicamente los reclamados por los izquierdistas, y si terroristas, mejor aún. Los correspondientes a quienes, sin buscarlo ni desearlo, tuvieron la obligación de enfrentarlos en aras del bien común sencillamente no han contado. Ninguna doctrina de los derechos fundamentales se puede sustentar en el largo plazo con tan antojadiza aplicación práctica; menos aún tener pretensiones de seriedad y validez universal. Por lo mismo, al dejar paulatinamente de ser creíble, va perdiendo su valor y utilidad para orientar una recta convivencia social. Considerando la abierta falta de ecuanimidad con que los derechos aludidos han sido esgrimidos y aplicados, su carácter pretendidamente esencial y su utilidad para servir de base para el ordenamiento jurídico del país van quedando también en profundo entredicho y, de tal forma, ocurre algo similar con el mismo Derecho y la administración de Justicia que le sigue.

Puesto en el contexto descrito, la perpetuación del permanente desfile de hombres de armas por los tribunales -y las consiguientes condenas- constituye no sólo una injusticia y un atentado al Derecho, sino que una imprudencia política temeraria. De una parte, no colabora en nada a pacificar los ánimos ni a posibilitar reconciliación alguna, menos a dejar atrás el pasado para poder abordar unidos los enormes desafíos presentes que enfrenta la patria. De otra, y pensando de cara al futuro, más bien profundiza las diferencias, agranda las distancias y exacerba las pasiones, es decir, crea las condiciones para la enemistad cívica y, con el transcurso del tiempo, ¿por qué no?, para minar o poner en riesgo la tan necesaria armonía en la vida nacional.

Al respecto, no debe sorprender la ceguera propia de aquellos que se nutren y perviven (también electoralmente) de una ideología centrada en el odio y en el conflicto radical, por muy aggiornada que hoy ésta se quiera hacer pasar. Pero, sí resulta incomprensible en la materia la casi completa ausencia de inteligencia y voluntad en vastos sectores sociales, políticos y religiosos que dejan seguir su curso a esta vil escalada sin desplegar visiblemente los esfuerzos que la situación requiere. Es de esperar que en diversas esferas del país haya hombres y mujeres con claridad, decisión y valentía suficientes para encararla y darle una salida pronta y conveniente.

Ha llegado la hora de dejar de lado la poltrona indiferencia, la pereza mental, la cortedad de miras, la mezquindad de pequeños intereses cortoplacistas y el malsano anhelo de ser siempre “políticamente correcto”, para dar espacio a la sabiduría y a la generosidad necesarias para desplegar una decidida cruzada por los derechos humanos sin etiquetas, por la Justicia sin más y por el auténtico bien común. Sobre el particular, ¿qué piensa y hace usted?